Crítica
Público recomendado: +18

La suspensión de la credibilidad es un punto esencial de cualquier película para que nos la podamos creer, pero hay otras que directamente piden que “apaguemos el cerebro” y nos dejemos llevar ante la sucesión de cosas inverosímiles que vamos a ver. Bienvenidos a Fight or Flight (Sicarios en el aire), la nueva locura del novato James Madigan con un Josh Hartnett desatado. No apta para estómagos sensibles.
Lucas es un mercenario retirado en Tailandia que recibe el encargo inesperado de atrapar a un asesino que va a embarcar en un vuelo rumbo a Estados Unidos. Una vez en el aire, descubre la verdadera y sorprendente identidad del criminal. Pero a bordo del avión hay más de cien sicarios con el mismo objetivo, y mientras Lucas se debate entre abandonar su misión original o colaborar con el misterioso asesino, se desata la locura. Un disparatado viaje lleno de turbulencias.
Hay muchas películas cuyo metraje tiene lugar íntegramente o casi íntegramente en un avión, desde las alocadas Aterriza como puedas (Jim Abrahams, David Zucker, Jerry Zucker, 1980) pasando por la seria Plan de vuelo: Desaparecida (Robert Schwentke, 2005). No es fácil rodar en ellos porque su escaso tamaño interior hace que todo centímetro deba estar planificado y es un desafío, sobre todo si incluyen acción, como en Sin escalas (Non-Stop) (Jaume Collet-Serra, 2014). Pero aun así el director novel llegado del mundo de los documentales, James Madigan, con guion de D.J. Cotrona y Brooks McLaren, ha decidido elevar lo complicado al nivel de locura en Fight or Flight (Sicarios en el aire). Se podría decir que esta película es un John Wick mezclado con un Bullet Train (David Leitch, 2022) llevado al aire y en tono de alocada serie B: tenemos increíbles combates cuerpo a cuerpo, pero sin el tono lacónico de Keanu Reeves, porque Josh Hartnett es absolutamente expresivo y muchas veces muy socarrón.
“Absoluta locura” es lo que ocurre en este avión y conviene no intentar entender nada ni darle muchas vueltas. Nada es verosímil, pero la cuestión no es hacerlo creíble, sino que el público fan de este tipo de películas disfrute, y en eso director y guionistas han puesto toda la carne en el asador para que cada minuto ocurra algo, porque es de recibo reconocer que no hay bajones de ritmo. Eso sí, la violencia es muy gráfica, exagerada, en ocasiones excesiva (lo de la motosierra es demasiado) y lleva a la risa porque no se toma en serio en ningún momento. Geniales algunos momentos de combates cuerpo a cuerpo acompañados de una banda sonora muy adecuada.
La verdad es que los personajes apenas están dibujados y tampoco era el objetivo, pero hay que reconocer que Hartnett está impecable, de hecho, sobresaliente, en un papel de rubio antihéroe de acción en el que no estamos acostumbrados a verle pero que sería la continuación del que vimos en La trampa de Shyamalan (2024) llevándolo al siguiente nivel. Es un grandísimo actor y aguanta sin problemas que el peso del metraje caiga casi íntegro en él. También se agradece mucho ver a la galáctica Katee Sackhoff, quien se prodiga poco en el cine, pero cuando aparece eleva el nivel.
Pocos mensajes se pueden rascar a excepción de la denuncia hacia esas grandes corporaciones sin valores que, supuestamente, esclavizan niños para hacer sus productos. Por otra parte, hay guiños explícitos a otras películas como la saga Matrix, Casper (Brad Silberling, 1995) o incluso Sully (Clint Eastwood, 2016), así como uno a El último boy scout (Tony Scott, 1991), no mencionada, pero con una secuencia copiada casi fotograma a fotograma.
Así que Fight or Flight (Sicarios en el aire) es un filme serie B muy, muy divertido que arranca carcajadas por lo exagerado que es, y además con la puerta abierta para una posible secuela, pero insistimos, solo para mayores de edad con estómago fuerte.
Miguel Soria