Crítica
Público recomendado: Todos los públicos
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Para Mathilde y Siscu.
En el Capítulo 7 — “La bestia hambrienta y el niño feo”— de su excelente libro Creatividad, S.A., Ed Catmull, fundador de Pixar junto a John Lasseter y Steve Jobs, describe en detalle cómo la industria y la taquilla, imbuidos de la lógica de la rentabilidad, exigen ir a tiro hecho, evitar los riesgos; reclaman películas previsibles, a menudo secuelas de otras o pertenecientes al mismo universo fílmico, que generen ingresos seguros. He ahí la bestia hambrienta; la misma que ha engullido a la propia Pixar, a Disney, etc., carentes hoy en gran medida de producciones que recuerden a su originalidad pasada.
Frente a ella —aunque Catmull, ya lejos de la compañía del flexo, defiende que ambas pueden y deben ir de la mano— estaría el niño feo, compuesto de todos aquellos embriones fílmicos, ideas descoordinadas como los movimientos de un adolescente, pruebas, ensayos y errores, sin los cuales es absolutamente imposible la creatividad. Imagino que cuando Catmull habla de este niño feo refiriéndose a los primeros estadios de las películas antológicas de aquel estudio, empezando por Toy Story (John Lasseter, 1995), visualizaba personajes con una renderización llamativamente deficiente, como los de Flow, un mundo que salvar, la pequeña gran cinta de animación letona que nos ocupa.
La evidente imperfección en la definición de la imagen del gato protagonista y sus amigos de diluvio universal —un perro labrador, un capibara y un lémur de cola anillada, con arca, pero sin Noé ni humano alguno en el horizonte— llama la atención desde el primer momento por su rugosidad de apariencia descuidada. Igualmente, un análisis medianamente serio del guion no soportaría los grandes agujeros de su narrativa cíclica. Y para colmo de males se trata de una película muda, con gruñidos de animales por todo diálogo, nada más; una epopeya audaz que recuerda a la increíble Les triplettes de Belleville (Sylvain Chomet, 2003), que saldaba su banda sonora igualmente sin diálogo (aunque con un espectacular espectro de efectos sonoros).
Lo verdaderamente fascinante del caso es que, a pesar de todo, la película dirigida por el desconocidísimo Gints Zilbalodis funciona y arrastra. Son testigos de ello los muchos niños con los que pude compartir pase y que salieron felices del visionado, por más que algún adulto impertinente y poco empático tratase de ahogar con un ¡shhhh! las preguntas de su legítima curiosidad. Son testigos de ello los Óscar, premios para los que la pequeñísima película está nominada en doblete de categorías.
El niño feo (aunque embellecido sin duda por sus atractivos fondos de raigambre mitológica) se impone, lejos de consideraciones intelectualistas —como las de Del revés 2 (Inside Out 2, Kelsey Mann, 2024)— o de agenda —como las que pueden subyacer a anterior o a la por lo demás interesantísima The Wild Robot (Chris Sanders, 2024)—.
Ver Flow, en fin, equivale a una experiencia de infancia, a dejarse fascinar de nuevo por las imágenes sencillas en movimiento, cuya torpeza solo las hace más gloriosas; a la virtud de no querer buscarle —valga el dicho— tres pies al gato. A recordar, en definitiva, el valor de lo simple, lo sencillo, lo original. De aquello que, por estas mismas cualidades, está llamado a perdurar en el tiempo.
Lo bueno de fiarse del niño feo es que, en ocasiones como esta, sabe batir a la bestia hambrienta; sus 3,5 millones de dólares de inversión fueron recaudados con creces en EE. UU. y Canadá, y la recaudación mundial ya ha cuadriplicado su presupuesto. Sea bienvenida esta vuelta a los orígenes.
Rubén de la Prida