Crítica
Público recomendado: +18
![]()
El género de los robos está absolutamente trillado, por lo que sorprender en él es, a estas alturas, casi imposible. No era el objetivo de Christian Gudegast en la primera entrega, Juego de ladrones: El atraco perfecto, una especie de Heat (Michael Mann, 1995) descafeinado, ni lo es en la secuela, donde estira la trama todo lo posible quedando más confusa y menos satisfactoria.
Donnie (O’Shea Jackson Jr.) se alía con la mafia Pantera para cometer el mayor robo de diamantes jamás visto. Mientras, Nick (Gerard Butler), el policía que ya le persiguió en el pasado, se ve arruinado y cansado de ser el cazador, así que le propone unirse a su banda y dar juntos este golpe. Si este desafío tiene éxito, habrán conseguido ejecutar el atraco más importante de la historia.
Para sorpresa de muchos, la primera película, escrita y dirigida por Gudegast y protagonizada por Gerard Butler y O’Shea Jackson Jr., conectó con la audiencia. No revolucionaba nada, pero su versión ligera de la citada obra magna de Michael Mann funcionó, sobre todo, porque era consciente de sus limitaciones y las aprovechaba para empatizar con los espectadores. Ahora el guionista y director, repitiendo con los dos actores, intenta ir más allá con más localizaciones rodando por varias ciudades europeas y con un reparto más amplio. Se trata de robar un botín para, a la vez, devolverlo y saldar una cuenta. ¿Les suena? Pues sí, la misma premisa de Ocean’s 12 (Steven Soderbergh, 2004), solo que aquí con disparos y sin la elegancia de George Clooney y todo su equipo. En este caso tenemos rudeza, tacos, blasfemias (y de las gordas) y más rudeza por parte de Butler y secuaces.
Sin embargo, donde la película de Steven Soderbergh dejó un sabor de boca agridulce (intentó mucho cine experimental y argucias de guion mal desarrolladas), aquí no funciona en absoluto, sobre todo porque hay muchas idas y venidas, metraje alargado, secuencias que no aportan nada (esa parte de la discoteca, sin sentido), mucho personaje que no tenemos claro qué hace y una parte final de robo que no tiene claridad, ni brillantez, ni elegancia. Sin contar con una premisa absolutamente absurda: ¿a qué delincuente se le ocurre aceptar la ayuda del policía que hace nada intentó atraparle?, es más, ¿a qué banda se le ocurre acceder a que uno de sus miembros acepte la entrada de dicho policía? Ni pies ni cabeza.
Un apunte importante que no pase desapercibido: el protagonista sigue siendo un desastre moral: recién divorciado, dispuesto a drogarse y a aventuras de parejas, pero algo debe intuir de que no está obrando bien porque esa breve visita a una iglesia donde se celebra Misa y su mirada de “en la que me estoy metiendo” no es casual. ¿Posibilidad de redención para la tercera película? Ojalá, porque nada hay equiparable a una familia unida.
Así pues, asistimos a buenas escenas de persecuciones y de acción, pero con una historia que en ningún momento nos interesa. Porque ocurre lo de siempre: si falla el guion, el resto está dicho. Y sí, la primera quedó resultona gracias a no intentar ir mucho más allá, pero aquí se intenta superar en todo a la obra de Soderbergh, y no funciona. Por supuesto se deja la puerta abierta a futuras entregas, que a saber a qué sagas intentará parecerse.
Los fans del género de los robos no encontrarán nada nuevo, por lo que solo se recomienda si se tiene mucho interés en ver la continuación de la primera entrega y saber qué ocurre con el juego del ratón y el gato de sus dos protagonistas. Si no, hay sagas mejores para ver atracos, tanto elegantes como llenos de acción.
Miguel Soria