La flor del Burití

Crítica

Publico recomendado: +13

La flor del Burití (2019), dirigida por João Salaviza y Renée Nader Messora, es una película que fusiona el documental y la ficción para narrar la vida de la comunidad indígena Krahô, un pueblo que habita en el estado de Tocantins, Brasil. El relato se entreteje con el crecimiento de una niña de la comunidad, Patpro, y enfoca a través de sus ojos los desafíos que enfrenta su pueblo, que busca mantener vivas sus tradiciones y su conexión con la naturaleza en un contexto de modernización y colonización cada vez más acelerada. La película se desarrolla a lo largo de tres momentos clave: la infancia de Patpro, su adolescencia y finalmente su madurez; y muestra cómo la memoria ancestral y la espiritualidad son el leitmotiv de una historia personal y colectiva, entrelazándose, a veces de manera conflictiva, con las transformaciones del mundo exterior.

En una de las primeras escenas, Patpro se encuentra junto al río, y la cámara se enfoca en su rostro mientras una voz en off dice: “La tierra nos habla, pero nadie sabe escucharla”. En otra escena, la niña y su madre participan en un ritual donde las voces de los ancestros se sienten presentes. Mientras las mujeres de la comunidad cantan y danzan, una de las ancianas le susurra a Patpro: “No dejes que el olvido se lleve nuestra historia”. Estas escenas y afirmaciones reflejan no solo la preocupación por la preservación de las tradiciones, sino también una advertencia que resuena en el contexto actual y de que la película se hace eco: la constante amenaza de la desaparición de culturas indígenas y de sus tierras frente a la globalización y la expropiación territorial. En efecto, si para los “cupes” (los extranjeros o los colonizadores) las tierras de la comunidad solo son tierras “improductivas”, para aquellos que las habitan estas últimas son esencialmente “vida”.

Con mucha delicadeza narrativa y un ritmo pausado, la película no tiene un relato estrictamente secuencial, sino que es una exploración visual y sonora del alma de un pueblo que, a pesar de los avances tecnológicos y las imposiciones externas, sigue defendiendo su identidad y su cosmovisión. Parte clave de su mérito es el enfoque híbrido entre ficción y documental. El hecho de que los propios miembros de la comunidad Krahô participen en la interpretación de sus historias no solo agrega autenticidad a la obra, sino que también les da un poder narrativo y artístico sin precedentes. Esta colaboración resalta la profundidad de las tradiciones orales y la capacidad de la comunidad para contarse a sí misma, algo que es raro de encontrar en el cine contemporáneo.

La cinematografía, que utiliza filmación en 16mm, le da a la película una textura que no solo resalta la belleza de la selva amazónica, sino también la fragilidad de su existencia. La conexión de la comunidad con la flora y fauna local es un leitmotiv que se refleja en cada fotograma, envolviendo de una atmósfera poética la dura historia de resistencia y supervivencia de los Krahô. Además, el sonido juega un papel importante, no solo como acompañamiento, sino como una extensión de la conexión espiritual de los Krahô con su entorno, ya que el sonido predominante es el de la naturaleza y de los cantos tradicionales; aunque estos en algunos momentos se ven intercalados con sonidos modernos, creando un contraste que simboliza la lucha interna entre el pasado y el futuro, tema central en la obra.

Una crítica como Elena Lazic elogia la película por su “capacidad para retratar con sensibilidad y sin romanticismo la vida de los Krahô”, y por la manera en que mezcla lo documental con lo narrativo, dando espacio a la comunidad para contar su propia historia. Diego Batlle destaca el trabajo de Salaviza y Messora, describiendo la película como un “registro luminoso y necesario a la vez, que apuesta a las más nobles herramientas del cine”.

Más allá de ser un simple documental, La flor del Burití es un grito de resistencia cultural, un recordatorio de que la memoria y las tradiciones indígenas son fundamentales no solo para la identidad de los pueblos, sino también para el futuro de nuestro planeta. La película invita a los espectadores a reflexionar sobre el impacto de la colonización, el consumo y la globalización en las comunidades más vulnerables, mientras ofrece una mirada honesta y conmovedora a la vida de esos pueblos originarios de Brasil.

Anna Piazza

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