La mujer sin nombre

Crítica

 Público recomendado: +12

Resulta tristemente paradójico que un país como Arabia Saudí, que presume de que las mujeres puedan tener carné de conducir ¡desde 2018! y que conculca sistemáticamente sus derechos, arroje a la gran pantalla esta La mujer sin nombre, dirigida y, lo que es más curioso, protagonizada por una mujer, en un género, el policíaco, thriller, incluso el whodunit, tan amigo del héroe enérgico y valeroso, némesis de aquel “hombre blandengue”.

Lo extradiegético a esta película es, pues, lo más destacable de ella y, obviamente, no es cosa buena. Dirigida por Haifaa al-Mansour, probablemente el mejor representante (sin género) de la exigua cinematografía de aquel país, y que debutó en el cine con la extraordinaria La bicicleta verde, primera película saudí dirigida por una mujer, ha necesitado un puñado de películas (a excepción de La candidata perfecta) para volver a su país natal.

Y tampoco esto es algo demasiado destacable, o exótico: otros cines, mismos códigos (menos mal) para La mujer sin nombre, una propuesta anclada en el cine de género, que lo mismo podría haberse rodado en Islandia que en Arabia, cambiando el ocre por el prístino blanco nuclear, si no fuera por ciertas alusiones, integradas orgánicamente en la trama policial, sobre la “dignidad de la mujer” en aquella sociedad, tal vez lo más conseguido del filme. Aunque ni esto es Lawrence de Arabia, ni otra tormenta más del arenoso Villeneuve.

La historia pues, transcurre por el travelling del noir más academicista: Nawal, una aspirante a inspectora de policía -¡sí, una mujer! sin experiencia y aficionada a un podcast titulado Crímenes no resueltos en el que se mezclan misterio y tutoriales de maquillaje, se obsesiona con el caso de una adolescente, cuyo cuerpo sin identificar -y sin reclamar- es hallado en el desierto.Decide entonces investigar el caso por su cuenta y en su via crucis profesional se enfrente a sus superiores, a sus familiares y, en cierta forma, a la propia estructura social de su país.

Obsesión, soledad torturada, piezas que no encajan, persecuciones por callejuelas, un cadáver sin identificar… ¿te suena?

 Y, efectivamente, con estos ingredientes es harto difícil hacer un cubata cuya mezcolanza no te riegue el espíritu, aunque el efecto se diluya al rato.

Construida narrativamente con una puesta en escena convencional, casi ramplona, la película avanza apuntalada por una intriga que se mueve entre los axiomas hitchcockianos de la sorpresa y el suspense, jugando con la información que nos ofrece al espectador, generalmente en el mismo plano que Nawal, anestesiado por el principio de suspensión de incredulidad, que se ve amenazado a medida que avanza la historia.

Y entendemos que la industria del cine en Arabia Saudí, si es que esta existiera, no está para mucho VFX, drones, escenas de masas y diseño de producción estilo Sev7n, pero se echa en falta cierta mano autoral, que rasgue las convenciones del género y ofrezca algo más que un telefilme de sobremesa.

La mujer sin nombre se sigue sin problema, es alusiva y subrayada como todo el último cine que llega hasta los confines del desierto, y su construcción desde el guion te atrapa. Pero poco más. Las interpretaciones son excesivamente teatrales (supongo que del gusto del público local) y la banda sonora ampulosa, nada sutil,descosida del tono general de la producción.

Se eleva algo en cierto intento por parte de la directora por tratar de poner a la mujer en el centro del relato, con “morcillas” de guion como aguijones al sistema (“sigo teniendo una vida, una vida nueva”), y una reivindicación velada, pero que se queda en eso, en el velo, sandía de septiembre.

Lo mejor, con todo, es que la propia protagonista, y la directora corporeizada en ella, da la impresión de que no se toman demasiado en serio la historia, ni al personaje, ni a la trama, y toda la película está envuelta en una nebulosa de fino humor que es de agradecer ante tanto hype. Y es al abandonar la jaula de oro del cine negro y su lenguaje cuando La mujer sin nombreparece tratar de trascender su naturaleza. El metadiálogo entre Nawal, la protagonista, con unepisodio traumático en el pasado reciente y que le une emocionalmente con la joven asesinada, está contado,otra vez más, en redundantes flashbacks tan de moda en el último cine para espectadores con el cerebro de esparto. Y es una lástima que al-Mansour no exploremás esa vía y adopte una postura algo más poética. Material había, y de sobra.

La mujer sin nombre se plantea finalmente como un juego de espejos, que toma los pinceles estándar del género, y busca sublimarlo para denunciar la aún insuficiente autonomía de las mujeres en su país. Pero se queda con la parte superficial, sobadísima,perfectamente plasmada en un final que une las piezas a su antojo y que busca epatar más que inducir a unareflexión profunda.

Otros cines, mismos códigos, decía al principio. Valdría más reformularla con un “mismo cine, viejos códigos”.

Ignacio Ruiz de Gauna 

https://www.youtube.com/watch?v=RWgaxCfmPAg

 

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