Letras robadas

Crítica

Público recomendado: +12

No falla. Tampoco deslumbra, es verdad: lejanos quedan los días de la inspiradora e inolvidable Once (2007). A pesar de ello, John Carney conserva la habilidad de ofrecerle a uno lo que uno espera. Quienes hayan seguido la trayectoria de su obra a partir de aquella cinta, en la que un músico callejero (Glen Hansard) se enamora de una chica de la limpieza que toca el piano como los ángeles (Markéta Irglová), sabrán que la práctica totalidad de la filmografía posterior del realizador irlandés está hecha de variaciones de ella. Aunque Once no es la ópera prima del cineasta, su metraje rezuma el aroma de las películas verdaderamente originales: se trata de un film rugoso, imperfecto y magnífico, imitado en todo o en parte de vez en cuando, incluso por el mismo Carney, quien, a rebufo de su éxito, accedió a su remake hollywoodiense bajo el título Begin Again (2013). Protagonizaron esa cinta Mark Ruffalo y Keira Knightley en unos papeles protagonistas parafraseados de Once; más guapos, sí, pero menos creíbles y arrolladores que Hansard e Irglová. Con Sing Street (2016), largometraje que supuso el regreso a casa de Carney en torno a la génesis de la banda más irlandesa que uno pueda imaginar, U2, el autor recuperó algo de su frescura. Tanto es así que el film se estrenó en el epicentro festivalero del cine independiente, llamado Sundance; análoga suerte corrió, tras un largo hiato de siete años, Flora and Son (2023), que se proyectó también allí por vez primera y fue coronado, dicen, con una sonada ovación del público. Letras robadas, sin embargo, solo pudo aspirar al humilde Festival de cine de Dublín, y acaso solo por ser Carney allí «uno de los nuestros». Y es que no está mal, pero sabe a poco. Sobre todo: sabe a sabido.

El argumento del film pivota en torno a una estrella del pop, Danny Wilson (Nick Jonas), quien, en una noche de borrachera tras la boda de una amiga, ensaya a cuatro manos con Rick Power (Paul Rudd), el músico de la banda contratada para la ceremonia, una canción ideada por este. Atascado en su éxito, Wilson arregla e interpreta la canción de Power, que se convierte rápidamente en un hit mundial. El resto ya se lo imaginan, y sucede tal y como ustedes se figuran. Con estos mimbres, adornados por un par de planos memorables y el aderezo de su habilidad para capturar la realidad imprevista —presente aquí, no obstante, con cuentagotas— Carney entrega otra vuelta de tuerca de una filmografía en torno a una serie de subtextos invariables y deudores de una antropología profundamente cristiana. Destacan entre ellos la reflexión en torno al valor de la amistad verdadera, la defensa del poder transformador del perdón ante el límite humano inevitable, la puesta en valor de las entrañablemente imperfectas relaciones familiares y, sobre todo, la exaltación de la capacidad subyugadora de la música para unir a las personas y sacar lo mejor de ellas. Porque ese es, precisamente, el tema estrella del irlandés; el hilo conductor de un cineasta-músico, esa rara especie. Ojalá Letras robadas haya sido tan solo una obra menor en una carrera ciertamente irregular; ojalá suponga el preludio de una nueva Once, que acaso Carney pudiera volver a alumbrar si consiguiera tan solo dejar de imitarla.

Rubén de la Prida 

https://youtu.be/b06BOU_5KWU?si=JmtlIruAEsV-FT7y

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