Crítica
Público recomendado: +16
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Nunca está de más recordar a Néstor Almendros, aunque sea, como aquí, con una excusa mínima. Hombre clave para algunos cineastas de la Nouvelle Vague entre los que destacan Éric Rohmer o François Truffaut, su trabajo en películas como Días de cielo (Days of heaven, Terrence Malick, 1978), Kramer contra Kramer (Robert Benton, 1979) o La decisión de Sophie (Alan J. Pakula, Sophie’s Choice, 1992) acabó por galvanizar el consenso en torno a él como uno de los mejores directores de fotografía de la historia del cine. Es seguro que el barcelonés estaría orgulloso de que un paisano suyo, Pau Esteve Briba, lograra alzarse con la Concha de Plata a la mejor fotografía en la pasada Zinemaldia. El catalán obtuvo el galardón por Los tigres, dirigida por Alberto Rodríguez, y no es para menos: no solo por la pericia que demuestra en el manejo de las fascinantes secuencias subacuáticas, sino también, con carácter general, por su habilidad para domar la luz y generar atmósferas en las que reverberan los sentimientos de los personajes.
En su noveno largometraje, Rodríguez reincide en lo que mejor sabe hacer: el thriller de trasfondo criminal como envoltorio de la exploración afectiva de unos personajes humanos, demasiado humanos, a los que el director mira a la vez con cariño y con distancia; con esa obstinada paciencia desde la que se observan las decisiones torpes de una persona querida. Los tigres constituye, por ello mismo, un pequeño manual de antropología, centrado en la familia como sociedad imperfecta, si bien necesaria y redimible a través de la libertad que acompaña al amor auténtico. En este sentido, parece difícil que el espectador escape a la tentación de identificarse con alguno de los dos buzos protagonistas; de verse reflejado, por ejemplo, en Estrella (soberbia Bárbara Lennie), una mujer inteligente e intuitiva, aunque siempre en la sombra de un hermano —el favorito del padre, acaso por ser varón— a quien siente que debe cuidar como a un hijo. Otra parte del público podrá intuir, por el contrario, su propia experiencia en la de Antonio (Antonio de la Torre, impecable como siempre), cuya responsabilidad y madurez personales han quedado anegadas en el exceso de cuidados de su hermana. El mano a mano entre los dos magníficos intérpretes, a ratos mediado por la intervención imprescindible de Joaquín Núñez en el papel de «el Gordo», es razón más que suficiente para acercarse a la sala a disfrutar de una película que da lo que promete.
El problema es que uno le pida más. No estamos aquí, a pesar de los paralelismos genéricos, ante La isla mínima (2014), ese aún no superado opus magnum de Rodríguez, con el que demostraba que en España —y con contexto español— se podía hacer cine policíaco del bueno. Ni las magníficas interpretaciones, ni la precisión del montaje, ni la fotografía de Briba o la excelente música de Julio de la Rosa pueden hacer frente a la falta de originalidad de un guion que, aunque fluido a nivel narrativo, se sitúa lejos de los mejores trabajos del sevillano, muy distante de la brillantez de la obra maestra arriba mencionada, o de la sinuosa complejidad de El hombre de las mil caras (2016). Cabe esperar que Los tigres, al igual su predecesora, Modelo 77 (2022), sea no una solo obra menor, sino un lugar de transición hacia nuevas elevadas cotas en la filmografía de su autor.
Rubén de la Prida
https://youtu.be/KJG67jtEpqs?si=jtMQEpkT6W7r99bZ