Crítica
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Hay algo más al fondo del dolor y de la queja personal. La convivencia cotidiana, con sus roces y discusiones, despliega un abanico de situaciones que, muchas veces, ni un Premio Nobel sabe gestionar. Por eso, es bueno recordar que más al fondo de todo ese dolor, existe un deseo que nos define: que el mal no tenga la última palabra. El deseo de que el amor venza y podamos recomenzar alegres de nuevo.
Pues bien, se ha estrenado la película Mi única familia, del director inglés Mike Leigh (Todo o nada, Secretos y Mentiras). En ella se nos cuenta la historia de Pansy, una mujer sumida en una lucha constante, en donde el enfado define su relación con todo el mundo. Su marido ya no sabe cómo tratarla y su hijo de 22 años, vive anulado y sin rumbo. Solo su hermana Chantelle, sabe tratarla y mostrarle su cariño, con inteligencia y humor. La forma en la que su hermana “la abraza”, tiene un cierto eco cristiano; aunque no la entiende, no la juzga, ni la reduce, ni la deja de acompañar.
Pansy vive la realidad como una constante amenaza, todo la altera (incluso los animales más sencillos y la naturaleza) y siempre “está de mala leche” (da igual quien le hable). Será el dolor y la muerte los dos catalizadores que permitirán a Pansy ir más allá del enfado. La visita al cementerio para ver la tumba de su madre y un accidente laboral, abrirán una grieta a la esperanza y al deseo de que el mal (ese enfado constante con todo) no tenga la última palabra.
Según los datos de violencia de género actuales, intuimos la cantidad de dolor que hay en tantas familias. Aprender a gestionar una discusión debería ser una tarea primordial en todas las carreras universitarias del mundo, desde Almería hasta Oxford, Madrid o Harvard. Nadie está exento de trabajar con inteligencia y creatividad, los gritos y las discusiones; ni obispos, ni catedráticos, ni jefes de grandes empresas. ¿De qué sirve progresar en Inteligencia Artificial si no nos entrenamos en los roces de la convivencia más básica?
Mi única familia es una opción estupenda para un cine fórum sobre el conflicto, la familia y las heridas afectivas heredadas. Mike Leigh, a sus 82 años, consigue con sencillez visual y gran realismo, plasmar con acierto un guion bien perfilado donde el drama familiar y el deseo de ser feliz dominan de fondo. Eso sí, el ritmo narrativo, lento y pausado, puede espantar al público más comercial, a pesar de su corta duración (90 minutos). Se presentó en el Festival de Toronto de 2024 y tuvo su estreno en la pasada edición del Festival de cine de San Sebastián. Un cine al servicio de la clase obrera, pero con una mirada universal, en donde la discusión se muestra como síntoma que debemos mirar con ternura e inteligencia.
Carlos Aguilera Albesa