Crítica
Público recomendado: +12
![]()
Quizá sea su querencia por el documental lo que explique que Helena Taberna haya hecho la película más anodina que yo recuerde sobre el (des)amor. No porque el género tenga la culpa (pocos géneros me interesan más que el documental), sino porque es posible que la mejor manera de aproximarse a lo que sucede en nuestro tiempo con respecto al tema abordado sea mostrarlo en toda su insulsa banalidad.
Es difícil ver una película tan lineal en su vacuidad y tan previsible en su desarrollo, que no deja de ser interesante porque sepamos cuál es el final desde el principio, sino que en ningún momento da la sensación de que pueda empezar a serlo.
Las actuaciones son, en el mejor de los casos, mediocres, y, en no pocas ocasiones, producen alipori. No ayuda nada a esa interpretación que el guion sea tan malo. Los personajes piden abrazos como algunos viandantes lo hacían no hace tanto por algunos lugares céntricos de Madrid. Con menos convicción, pero produciendo la misma vergüenza ajena.
Si no hay ningún personaje en el que podamos apreciar un desarrollo mínimamente coherente, profundo y realista, algunos son prácticamente insoportables. Desde la madre de la protagonista, Adela (Isabel Ordaz), una artista que parece ser la evolución esperable de un papel bastante conocido de la actriz (“La Hierbas”), sólo que con más ínfulas y después de una mala experiencia con la ayahuasca, que con sus consejos a su hija Ángela (María Vázquez), cuya infidelidad a su pareja, Antonio (Pablo Molinero), ha provocado una crisis parece que definitiva en una relación ya deteriorada, provoca ganas de abandonar la sala; hasta el primer hijo de Antonio, Germán, que en sus apariciones parece que está leyendo un cuento.
Supongo que algo habrá llevado a la directora y a los productores a considerar que adaptar la novela de Isaac Rosa, Feliz final, al lenguaje cinematográfico de esta manera sería conveniente, pero me gustaría saber qué aporta esta película en un contexto en el que los productos audiovisuales sobre el (des)amor no es precisamente escaso.
Tengo la sensación de que alguien podrá recordar Los años nuevos porque se ha sentido identificado, o porque le ha parecido un reflejo más o menos fiel de un tipo humano que abunda en nuestra sociedad posmoderna, que podrá haber disfrutado de Volveréis por la ternura naif con la que expresa la dificultad del compromiso y la estabilidad emocional en nuestras sociedades líquidas, o que, incluso, alguien podrá querer revisitar El hombre bueno un día que tenga ganas de ver una película pequeña, aunque disfrutable. Pero no se me ocurre nada notable con lo que quedarme de esta película; sólo soy capaz de pensar en que es un modo caro y discutible de recomendar Te querré siempre, de Rossellini.
Alejandro Matesanz