crítica
Público recomendado: +12
![]()
Ganar la lotería suena a final feliz. Para los Gauthier es solo el principio del problema. Cuando convocan a sus tres hijos de urgencia, estos llegan temiéndose una desgracia, algo grave, algo irreversible, y lo que se encuentran es justo lo contrario. Sus padres tienen ahora mucho dinero y no tienen ninguna intención de compartirlo.
La película es una adaptación de la obra de teatro de Emmanuel y Armelle Patron, dirigida por el propio Emmanuel Patron. Lo que empieza pareciendo una comedia familiar de manual, con sus discusiones de sobremesa y sus pequeños roces, va cogiendo poco a poco un tono distinto. El dinero provoca el conflicto, pero también deja ver cosas que ya estaban ahí, pequeñas tensiones y frustraciones que normalmente nadie se molesta en sacar a la luz. De repente hay una cantidad de dinero de por medio, y eso basta para que empiecen a saltar los reproches. Cada uno reclama lo que cree que le corresponde y, al hacerlo, deja escapar todo aquello que llevaba tiempo guardándose, lo que de verdad piensa de su vida, de sus hermanos, de sus propios padres.
La película va avanzando entre discusiones y situaciones que al principio parecen hechas únicamente para hacer reír, pero que poco a poco complican la relación entre los hermanos. El dinero se convierte en el detonante de una pelea que empieza a cambiar la forma en que los hermanos se relacionan. El humor sigue estando presente, pero cada vez cuesta más verlo solo como una forma de hacer reír. Una broma puede convertirse en un reproche y una discusión absurda acabar revelando hasta qué punto se conocen, se comparan y se guardan cosas. Lo que al principio parece una simple disputa por dinero acaba poniendo en cuestión algo mucho más difícil de repartir, el lugar que cada uno ocupa dentro de su propia familia. En medio de todo esto, Alice y Vincent observan a sus hijos con una tranquilidad que contrasta con todo lo que está ocurriendo a su alrededor. Se presentan como una pareja modélica, esos padres que después de toda una vida de trabajo han decidido dedicar su buena fortuna a ayudar a los demás en lugar de repartirla entre sus hijos. Suena bonito dicho así, casi ejemplar. Pero cuanto más avanza la película, más cuesta creerse del todo ese papel, porque ellos tampoco están tan libres de la tentación como quieren aparentar. Aunque defiendan su decisión como un gesto de generosidad, el film tampoco tarda en mostrar sus propias contradicciones que ven en sus hijos. Al final, esa cantidad de dinero tiene la capacidad de poner a prueba a todos, también a quienes creen tener muy claro qué hacer con él.
Mis queridísimos padres deja claro que no hace falta ser rico para que el dinero saque lo peor de alguien, basta con la posibilidad de serlo. Los Gauthier son una familia como cualquier otra y, aun así, les basta ganar la lotería para que se olviden de que lo eran. Uno sale de la sala preguntándose cuánto durarían sus propias buenas intenciones delante de un buen fajo de billetes.
Ana Guil