Crítica
Público recomendado: +18
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Ningún artista tiene simpatías éticas. Una simpatía ética en un artista es un imperdonable amaneramiento de estilo.
Oscar Wilde, Prefacio a El retrato de Dorian Grey
Así como hay personas arrogantes, existen, también, las películas arrogantes.
La bola negra es, sin duda, una de ellas.
La RAE no define la arrogancia de modo directo, sino a través de la sinónima soberbia, cuyas tres primeras acepciones resultan de interés para el propósito de esta crítica. La última de ellas — «exceso en la magnificencia, suntuosidad o pompa, especialmente de un edificio»— no requiere explicación alguna después del visionado. En efecto, todo en el film que nos ocupa resulta grandilocuente, ostentoso, arrebatado. Desde la inmensa estatua de San Sebastián por la que trepa —¡qué sutil coincidencia!— el personaje de Sebastián encarnado por Guitarricadelafuente, hasta la ampulosa partitura de Raül Refree, pasando por los fragmentos ambientados en la nieve infinita o el retrato de los vicios y neurosis de Alberto (Carlos González). Alberto, léase: un gay contemporáneo y antiheroico que heredó el manuscrito de Federico García Lorca titulado La bola negra tras la muerte del mencionado Sebastián, su abuelo materno a quien nunca conoció y que llegó a enamorarse y a fusilar durante la Guerra Civil a Rafael Rodríguez Rapún (Miguel Bernardeau), a la sazón último amante de Federico García Lorca (Alberto Cortés). Suena a culebrón, ¿verdad? Acaso lo sea la película en su mismo núcleo. Pero los Javis, que, todo sea dicho, son unos fabulosos creadores de imágenes, tienen la habilidad de camuflar su laberinto de pasiones detrás de una impecable puesta en escena, así como de un ejercicio de ingeniería narrativa que desvela las costuras de su hibridación posmoderna. La bola negra, en este sentido, aspira a serlo todo: presente, pasado y futuro; melodrama, comedia, musical y film bélico; arte y propaganda. Y aspira, por supuesto, a ser Lorca, es decir, el manifiesto de lo que fue el poeta granadino, o de lo que representa, o de lo que se le ha querido hacer representar como abanderado de una lucha queer que los Javis —en tanto que lucha y en tanto que queer— libran en la gran pantalla de modo explícito.
La contienda que ellos habitan —es inequívoca, al respecto, la última frase del film— está ambientada en buena parte, como no podía ser de otra manera, en la madre de todas las guerras patrias. Lo cual facilita mucho el discurso, porque separa de inmediato a los buenos y a los malos, no vaya a equivocarse por un momento algún despistado. El maniqueísmo moral que rezuma de continuo la cinta revela su arrogancia también en el sentido de la segunda de las tres acepciones arriba mencionadas, es decir, en tanto que «satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás»… Aunque los demás sean los espectadores mismos. Así, en las antípodas de otra cinta también considerada en la terna de España para competir en los Oscars, Los domingos (Alauda Ruiz de Azúa, 2025), la película de Ambrossi y Calvo no solo no permite que resuenen libremente en su propuesta la experiencia y la inteligencia personales de según qué parte del respetable, sino que trata de imponerle de modo poco maquillado su credo LGTBI+… y por extensión político. Valga como muestra el momento en el que la vedette a quien da vida Penélope Cruz —cuya arrolladora presencia es, posiblemente, lo mejor de todo el metraje— afirma que «el transformismo es la fantasía de la posibilidad y la guerra es todo lo contrario». O el principio de juicio artístico que suscribe la investigadora interpretada por Glenn Close durante la presentación de su libro «Lorca. El poeta gay», según el cual no solo no es posible separar al autor de la obra, sino que aquellos que tratasen de ignorar la conexión entre la producción literaria del granadino y sus deseos homoeróticos serían, «simplemente, homófobos».
Que una declaración así resulta profundamente problemática para la calidad del arte y para el artista mismo parece fácilmente argumentable. Se puede partir para ello, si se quiere, de la cita que abre estas líneas. Su autor, por cierto, era gay, pero difícilmente hubiese aceptado la filosofía del personaje de Close, es decir, la de los propios Javis. Se oculta en el fondo de esa propuesta la primera acepción que define la soberbia o arrogancia como «altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros». Basta, para certificar su estricto cumplimiento, con observar el revuelo mediático —más deudor del entusiasmo corporativo que del argumento estético— en torno a un film en todo excesivo. También en la autocomplacencia autorreferencial en sus formas y en su doctrina.
Rubén de la Prida