Muy lejos

Crítica

Público recomendado: +16

Muy lejos, el primer largometraje de Gerard Oms (que cuenta con el montaje de la talentosa e infravalorada Neus Ballús), trata sobre el tránsito de una identidad genealógica a una identidad individual.
La cuestión de la identidad se aborda en relación al tema principal de la represión, a su vez vinculada con sus síntomas: ansiedad, (auto)exilio, precariedad, racismo, hospitalidad, lealtad y culpa. Su principal mérito consiste en lograr plantear tal multiplicidad temática sin resultar fallida, caótica o ridículamente ambiciosa.

El protagonista es Sergio (un notable Mario Casas), un aficionado del Espanyol que, tras sufrir un ataque de ansiedad en Utrecht, decide no volver a su hogar para eliminar todos los obstáculos que le impiden conocerse. El punto de partida es, entonces, la toma de conciencia por parte del protagonista de que no puede haber verdadero retorno a su hogar si sigue sin saber (aceptar) quién es.

Su identidad, asfixiada en lo recibido y difuminada en lo colectivo, no soporta más la represión. La ansiedad rompe los diques que permitían el seguidismo y la autoimpostura.

Fuera de lugar, “muy lejos”, sin el grupo que lo anula y sin la identidad gregaria que lo apresa, se crean las condiciones que le permiten deshacerse de todas las rémoras en las que, literalmente, se perdía (aunque estuviera en casa) y, así, encuentra las que le facilitan catalizar el proceso de autodescubrimiento que tanto necesita.

La cuestión de fondo que habría que plantearse a partir del tema esencial debe ser, a mi juicio, qué papel puede tener la represión en la configuración de la identidad subjetiva.

Parece indudable que la ansiedad de Sergio es fruto de una represión incapacitante, pero lo es en la medida en que supone la ocultación de una tendencia, esto es, un autoengaño. No debemos considerar (como hace la posmodernidad y el hedonismo más cutre) que la represión sea mala en sí, y esta es la lectura cristiana que es importante defender y explicar.

Como he insinuado antes, la clave debe ser la distinción entre reprimir lo que se es o lo que se padece y reprimir lo que impide que seamos quienes debemos ser. Es esencial, entonces, diferenciar entre la identidad descriptiva y la prescriptiva. Y, por cierto, todos tenemos –seamos conscientes de ello o no– una identidad prescriptiva. Sólo sabiendo quiénes somos, podremos dar pasos para acercarnos a ser quienes queremos ser.

Los seres humanos no somos nuestras tendencias, ni nuestros impulsos, ni nuestros caprichos, ni siquiera somos –necesariamente ni sólo– nuestro deseo. Todo ello forma parte, obviamente, de lo que somos, pero nuestra identidad se forja (esto suena muy sartreano, pero la verdad es la verdad dígala Agamenón o su porquero) en lo que hacemos con lo que hicieron (otros sujetos, la naturaleza, la historia, la sociedad…) de nosotros.

Alejandro Matesanz

https://www.youtube.com/watch?v=2YwyfWAXcBw

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Ver
Privacidad