Crítica
Público recomendado: +12
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Una casa que queda atrás, un coche y dos niños que empiezan un viaje sin saber muy bien adónde van. Ella no hace demasiadas preguntas cuando su padre la despierta de madrugada y le dice que tienen que irse. Se limita a subir al coche junto a su padre y su hermano pequeño. Para Ella, no hace falta entenderlo todo. Basta con que sea su padre quien esté al volante.
A lo largo del camino, el viaje empieza a parecerse a esos días en los que la infancia convierte cualquier plan en una aventura. Hay moteles de carretera, comidas compartidss y pequeñas paradas que Ella y Charlie reciben sin sospechar que ese viaje significa algo muy distinto para su padre.
Mientras los niños siguen viviendo el viaje como unas vacaciones improvisadas, su padre conduce. Habla poco. A veces tiene la cabeza en otro sitio. Los tres viajan juntos, pero no parece que estén haciendo el mismo viaje. Ella intuye que algo le pasa, aunque todavía no sea capaz de entender qué. Solo nota que su padre ya no es exactamente el mismo de siempre. Cole Webley nos sitúa en el mismo lugar que los niños. Si ellos no saben algo, nosotros tampoco. No hay una conversación que nos coloque por delante ni una explicación que llegue antes de tiempo. Vemos el cansancio, la preocupación y el esfuerzo por mantener la normalidad, pero seguimos confiando en él. Al fin y al cabo, ellos también lo hacen.
Los niños todavía creen que los adultos siempre encuentran la manera de arreglar las cosas. Que estar juntos dentro del coche es suficiente para que todo salga bien. La película entiende esa forma de mirar el mundo y nunca tiene prisa por arrebatársela. Y por eso tampoco convierte al padre en alguien al que resulte fácil juzgar. Le basta con permanecer junto a sus personajes durante unos días más. Y, sin embargo, pocas veces un silencio ha dicho tanto. El duelo, la precariedad y la soledad están presentes desde el primer kilómetro, aunque los niños todavía no tengan edad para comprender el peso que su padre carga sobre los hombros.
Y la tragedia del viaje está precisamente ahí. En la facilidad con la que los niños son capaces de convertir cualquier lugar en algo parecido a un hogar. Allí donde el mundo adulto empieza a derrumbarse, ellos todavía encuentran motivos para seguir jugando.
Y cuando la película termina, uno vuelve inevitablemente al principio del viaje. A esa confianza con la que un niño sube a un coche sin preguntar adónde va. Hay una parte de nosotros que nunca deja de creer que nuestros padres encontrarán el camino. Hasta que un día descubrimos que ellos también pueden perderse.
Ana Guil