Parthenope

Crítica

Publico recomendado: +18

Sorrentino no decepciona: Parthenope, siguiendo la estela de La gran belleza, es un retrato trágico, ligero, saturado de belleza, deseo y decadencia. Un homenaje tanto a las contradicciones de Nápoles, como a las de la propia vida, personificadas en la bellísima Parthenope, quien lleva el nombre de la mítica sirena vinculada al origen de la ciudad.

Desde las primeras imágenes, cuando Celeste Dalla Porta surge de las aguas como una Venus nacida del mar, Parthenope atrapa al espectador para no soltarlo. Su historia, reflejo de la leyenda de la sirena, nos sumerge en su mundo, despreocupado y triste, como lo son todos los personajes que protagonizan la cinta. “Quizás fue maravilloso ser jóvenes… pero duró poco”. Esa frase, cargada de nostalgia, acompaña como un canto melancólico el transcurso de toda la obra. A su vez, la canción Era tutto previsto de Riccardo Cocciante, reaparece como leitmotiv, intensificando el metatexto con el que Sorrentino teje su relato, que trasciende la cronología convencional y explora las fracturas del tiempo, donde la juventud, la belleza y las ilusiones parecen desmoronarse con el paso de los años; así como se desmorona la gloria de las nobles mansiones napolitanas.

Ese canto doliente al paso de los años invoca sin embargo otra posible manera de “mirar”, como menciona el profesor de antropología de Parthenope, encarnado por un perfecto Silvio Orlando. Si la antropología, que habla del hombre, es “saber ver”, eso nos invita a hacer Sorrentino, que no tiene más pretensión de retratar la vida, el amor, el deseo, la desilusión, el tiempo, con toda su belleza y sus contradicciones. “¿Cuándo se aprende a ver?” pregunta Parthenope: “cuando todo lo demás desaparece”, responde el profesor. Tal vez, cuando dejemos de aferrarnos a las formas que tanto nos atraen y demos un paso atrás para dejar que la vida se despliegue tal y como es.

En Parthenope, al estilo característico de Sorrentino, sensualidad y blasfemia se entrelazan, como lo hacen la pureza del agua del mar y el caos de los callejones dominados por la camorra. Es Nápoles en todas sus facetas: el mar de Posillipo y los bajos fondos de los Quartieri Spagnoli, el milagro de San Gennaro y la fe mistificada en los ritos populares. Y en el corazón de la obra, Parthenope, magnética, moviéndose entre cuerpos hermosos o deformes y ceremonias perturbadoras. Todo mientras Sorrentino dirige su mirada crítica hacia la política, el clero y la mediocridad –quizá incluso la del primer novio de Parthenope, sucedáneo del amor imposible y nunca consumido con su hermano–.

El director nos regala un fresco monumental sobre la caducidad del tiempo, explorando las grietas del alma humana. Lo vemos en la desesperación de Greta Cool, protagonizada por la gran Luisa Ranieri, consumida por la envidia y la frustración, o en el misterio de Flora Malva (Isabella Ferrari), quien nunca muestra su rostro por vergüenza, dejando al espectador a merced de su propia imaginación.

Parthenope no es solo una película; es una experiencia sensorial y emocional, que sigue resonando mucho después de abandonar la sala, dejándonos en un estado de asombro e inquietud.

Anna Piazza

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