Crítica
Público recomendado: +18
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Da igual los títulos universitarios o el saldo millonario de tu cuenta bancaria, si no sabes gestionar bien las emociones, puedes fracasar en lo más importante de la vida. Desde hace unas décadas la gestión emocional, toda esa maraña (hermosa) de sentimientos que nos brotan al vivir, se ha convertido en una prioridad. Como bien dice la psiquiatra Marian Rojas Estapé, toda persona está librando una batalla personal ahora mismo, en mayor o menor medida. Por supuesto, todo esto tiene su repercusión directa en el cine de cada época, y en la película que nos ocupa.
Con el Batman de Christopher Nolan y ese Joker tan mítico, pudimos comprobar cómo la salud mental es vital para verte convertido en un héroe o en un villano, para que la vida tenga un sentido. El Joker, antes de arrebatar la vida física a sus enemigos, jugueteaba con sibilina maldad introduciendo palabras envenenadas, como si el lenguaje fuese el arma perfecta para manipular (desde dentro). De ahí, que el cine de terror se alimente tanto de construir villanos malignos con problemas serios de salud mental.
La película Peter Pan: Pesadilla en Nunca Jamás, del actor Scott Chambers, que se estrena como director, es una macabra recreación del personaje de Peter Pan. A pesar de contar con un poderoso y eficaz equipo técnico, en la película domina la explicitud de lo sangriento (hasta un gore desagradable) en donde vemos el gusto por regodearse en dañar la inocencia de los niños.
Con la excusa de tener una herida infantil no resuelta (su madre le maltrataba), el villano construye una justificación demoníaca que provoca escenas desagradables que pueden herir la sensibilidad del espectador. Esta obsesión por cruzar límites (hacer sufrir a un niño) empeora con la soberbia de buscar una cierta originalidad; los mismos creadores lo llaman Universo Infantil Retorcido. Además, tampoco persigue destruir para ver qué es eterno, qué permanece sino que el mal parece campar a sus anchas. Por otro lado, introduce el tema de la ideología de género propia de esta época, mostrando cómo un niño pequeño puede tener novio o sentirse niña.
Salvado lo dicho, debo reconocer que la idea inicial, incluso los primeros planos en cámara lenta, en ese circo tan sugerente o la escena inicial, surgiendo del suelo como de una dimensión oscura paralela, son de una gran calidad visual que bien podría haber generado otro producto más fino, mejor perfilado y con un mensaje más universal. En este sentido la evolución que hace Robin Williams (Peter Pan) en la versión de Steven Spielberg (Hook, 1991), es mucho más interesante y realista. Porque el desafío que hay bajo la historia de Peter Pan es verificar que se puede ser feliz siendo adulto. Frases cotidianas como “Aprovecha que luego te harás mayor”, “Si yo tuviera 18 años” (pronunciadas en tantas familias actuales) quizás ponen de manifiesto la dificultad que se tiene para vivir bien cada etapa de la vida.
Es cierto que el cine de terror expresa nuestros miedos más profundos; y al llevarlos a un extremo surgen los grandes monstruos de la historia (cada época y civilización tiene los suyos). Ahí el arte puede ayudarnos a purgar todas estas emociones, para mirar con inteligencia y perspectiva las heridas de nuestra alma (también comunitaria). Sin embargo, creo que el cine de terror no debe rendirse a generar una taquilla poderosa, ni a romper estereotipos por romperlos; pienso que, más allá de los géneros cinematográficos, existen un compromiso con la verdad. Como diría Aristóteles, vamos al teatro para sacar lo que contenemos, catarsis en un entorno seguro de nuestros miedos. El miedo principal de la película que nos ocupa, es el miedo a la realidad (como el mundo es una amenaza mejor fuera de él). De ahí, la creación de un mundo aparte, de una Utopía herida y malsana, como esta recreación esquizofrénica del Mundo de Nunca Jamás.
En definitiva, una película de terror muy desagradable, que nos recuerda cómo la salud mental es decisiva, así como el saber mirar las heridas del corazón para mirar la realidad. Películas como esta nos muestran cómo el ser humano es libre, capaz de grandes logros y de todo lo contrario.
Por supuesto, absténganse menores, pero incluso los adultos, caminen con mucha cautela, pues los creadores de esta película no tienen problemas en mostrarnos cómo un niño presencia el degollamiento de su propia madre. Y pesar de que se hable de oración y de rezar en un momento del guion, la película adolece de cualquier atisbo de esperanza.
Carlos Aguilera Albesa