Crítica
Público recomendado: + 18
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Lo mejor que tienen las películas de zombis, las de catástrofes o aquellas que nos muestran un futuro distópico, extraño o violento, es que sitúan a sus protagonistas en circunstancias límite. Circunstancias que, si se miran con inteligencia, siempre son ocasión para descubrir de qué es capaz la naturaleza humana y también para preguntarse por la existencia de Dios. ¿Cómo puede Dios ser real en un mundo así, en el caso que nos ocupa lleno de monstruos y zombis?
Resident Evil (2026) es una reinvención desde cero —sí, sin la actriz Milla Jovovich— de la famosa saga nacida de un videojuego que conmocionó a varias generaciones. Su principal logro no era únicamente matar zombis, sino crear una atmósfera perfecta: no hacía falta jugar; ver jugar a un amigo era asistir a una película de terror en la que un pasillo, una puerta o aquellos inolvidables perros mutantes podían proporcionar el mejor de los sustos. Es de ley reconocer que Zach Cregger, director de Barbarian (2022) y Weapons (2025), ha entendido precisamente eso. Su película recupera aquella sensación envolvente que, acompañada de un guion lleno de pequeñas situaciones muy cuidadas, consigue un producto notable.
El argumento parte de una idea aparentemente sencilla. Bryan (Austin Abrams) es un joven mensajero médico que recibe el encargo de transportar un misterioso paquete hasta un hospital de Raccoon City. Al mismo tiempo, su novia acaba de comunicarle que está embarazada y él no parece precisamente preparado para convertirse en padre. Una carretera nevada, una mujer atropellada y un extraño comportamiento serán suficientes para convertir una entrega rutinaria en una pesadilla. A partir de ahí, Bryan tendrá que atravesar una ciudad invadida por infectados y criaturas mutantes mientras intenta completar una misión que, progresivamente, adquiere una importancia mucho mayor de la que imaginaba.
Curiosamente, me interesa más la primera mitad que la segunda. Mientras Bryan está prácticamente solo, Cregger domina admirablemente el espacio, el fuera de campo y la espera: sabemos poco más que el protagonista y cada ruido puede modificar el plano. Cuando aparecen nuevos personajes y Raccoon City se convierte en un gigantesco nivel de videojuego, la película gana espectáculo, pero pierde algo de credibilidad.
Sin embargo, bajo toda esa sangre se esconde algo bastante más interesante. Resident Evil es, sorprendentemente, una película profundamente provida. La conversación inicial sobre un posible aborto no está ahí por casualidad. Bryan responde al embarazo desde el miedo, la comodidad y la incapacidad para decidir. Lo verdaderamente interesante es que la película no convierte después la paternidad en un discurso, sino en una experiencia. La aventura exterior termina provocando una transformación interior. ¿Estamos preparados para la aventura de vivir o nos venimos abajo en cuanto la vida exige sacrificio, compromiso y responsabilidad? Extraordinaria, en este sentido, la escena del aparcamiento. Bryan llora. Pero no solamente llora: madura. Entre zombis, vísceras y monstruos, Cregger introduce así una idea sorprendentemente luminosa: vivir significa aceptar que hay realidades que merecen ser protegidas, aunque compliquen nuestros planes.
También cinematográficamente hay mucho que disfrutar. Cregger y el veterano director de fotografía Dariusz Wolski ruedan con una Sony Venice 2, aprovechando su enorme capacidad para trabajar con poca luz. La oscuridad no sirve para ocultar, sino para amenazar: linternas, faros y pequeñas fuentes de luz van revelando fragmentos del espacio. Cregger ha explicado además que quería mantener la cámara sobre el hombro de Bryan para respetar el lenguaje del videojuego. Me gusta especialmente el sencillo plano secuencia con el que introduce la historia: movimiento limpio, información progresiva y una cámara que acompaña antes que presumir. Hay algo del Spielberg más clásico en esa voluntad de contar varias cosas dentro del mismo plano sin que el espectador se pierda.
Más discutible es el tono. Resident Evil salta continuamente del terror a la monstruosidad y de ahí al gag cómico. Muchas veces funciona —el actor Austin Abrams posee una estupenda vulnerabilidad cómica—, pero otras el chiste llega justo cuando el miedo empezaba a apretar y rompe un poco la atmósfera que había costado construir.
Por supuesto, sangre, vísceras y cuerpos despedazados hay de sobra. Aunque, curiosamente, dentro del actual cine de terror todavía se percibe cierto pudor. Estamos no tan lejos de la sensibilidad de The Last of Us, probablemente una de las mejores aproximaciones recientes al mundo de los infectados. Más problemática me parece 28 años después: El templo de los huesos (2026), con Ralph Fiennes, mucho más extrema en su violencia y donde la confrontación entre religión y ciencia termina otorgando al ateísmo racional del doctor Kelson una posición moral privilegiada frente a una religiosidad deformada hasta convertirse en fanatismo y satanismo.
Resident Evil no es una película para todos los estómagos. Hay sangre, monstruos, humor negro y alguna decisión narrativa difícil de creer. Pero también hay una magnífica atmósfera, una dirección mucho más inteligente de lo que aparenta y, escondida bajo toneladas de vísceras, una inesperada reflexión sobre la vida, la paternidad y el miedo contemporáneo al compromiso. Los seguidores del videojuego reconocerán su espíritu sin encontrarse una simple copia. En definitiva, su director parece haber entendido algo esencial: a veces el miedo no está en lo que vemos, sino precisamente en aquello que la oscuridad todavía no nos permite ver, tanto fuera como dentro de nosotros mismos.
Carlos Aguilera Albesa