Crítica
Público recomendado: +16
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Se podría decir que todos los géneros cinematográficos, así como sus mezclas, están muy trillados, algo normal cuando el cine es un arte con unos “añitos” a sus espaldas. Por eso ya algunos más que innovar buscan homenajear, y es exactamente lo que ha hecho, con acierto, Kiah Roache-Turner en Sting. Araña asesina.
Charlotte, una rebelde niña de 12 años, adopta a una pequeña araña como mascota que encuentra en su ruinoso edificio. Esta empieza a adquirir un tamaño gigantesco y su apetito es cada vez más insaciable. Es entonces cuando Charlotte y su familia se ven atrapados y obligados a luchar por su supervivencia.
Advertencia: bajo ningún concepto debe tomarse muy en serio esta película, si se hace no se disfrutará; de hecho el mismo director, que hace las veces de guionista, no se la toma en serio en ningún momento, lo cual la hace aún más divertida y disfrutable. Nos explicamos.
Si el lector es fan de las películas de terror y de “bichejos” verá que los máximos exponentes están perfectamente cubiertos por Alien (Ridley Scott, 1979) y sus secuelas, Depredador (John McTiernan, 1987) y sus secuelas y otras como La cosa (John Carpenter, 1982), Cloverfield (Matt Reeves, 2008) o Un lugar tranquilo (John Krasinski, 2018). Cada una afronta a su manera la gestión de una criatura que amenaza bien a la humanidad, bien a un reducido grupo de personas, que además suelen estar unidas por una torpeza más bien grande y, a la vez, escasa capacidad de raciocinio a la hora de afrontar dicho peligro, el clásico “¡¿pero qué hace reaccionando así?!”. Por eso es imprescindible apagar el cerebro para disfrutarlas, y es la clave necesaria para Sting. Araña asesina.
Este filme se vale de constantes homenajes, sobre todo a Alien y a Depredador, para arrancar una sonrisa al espectador, porque sabe que miedo precisamente miedo no va a provocar, pero tampoco se trata de eso sino de recuperar, y lo hace con acierto, el encanto y el sabor de los filmes de antaño, de los 80, véanse los títulos de créditos iniciales y los finales, con esa tipografía color rojo fuerte y una música acorde, amén de enseñar a la criatura lo justo imprescindible y dejar lo mejor para el final, cortes bruscos entre escenas para llamar la atención, o geniales planos de luces y sombras que hacen temer la proximidad del animal alienígena. No faltan tampoco, como no podía ser de otra manera si se busca homenajear, frases lapidarias propias de esos años.
De camino, un bichito que se va haciendo más y más grande conforme avanza el metraje, y además con una buena presencia gracias al trabajo de la muy conocida Weta Workshop, ya saben, la que hizo posible las maravillas visuales de la magna trilogía de El Señor de los Anillos y que más de 20 años después se siguen viendo de lujo, mucho mejor que en gran cantidad de películas actuales.
Y además el guionista aprovecha para, con poquísimos personajes (no llegan a diez los que se ven en pantalla) y un presupuesto casi nulo, contar una buena historia familiar sobre el esfuerzo y la unión. Vale, es muy superficial, pero también positiva, incluso mensajes sobre el cuidado de los mayores, sobre todo cuando están más desvalidos y sufren enfermedades incurables como el Alzheimer, sin faltar, dados los tiempos que corren, críticas a la adicción a las pantallas y lo que uno se puede perder por no hacer caso al entorno.
Así que Sting. Araña asesina logra su objetivo: destacar como homenaje entre tantas otras películas que se quedan en el intento, y eso es porque es sincera consigo misma y no intenta ir más allá de lo que es: un puro divertimento con todo el sabor de los mejores clásicos del terror y los “bichejos”. Hay partes un poco más sangrientas que, evidentemente, la alejan del público más joven, pero el más crecidito puede disfrutarla. Ah, y con escena poscréditos que, por supuesto, deja la puerta abierta a posibles secuelas.
Miguel Soria