Crítica
Público recomendado +16
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Novocaine, el quinto largometraje dirigido por los directores estadounidenses Dan Berk y Robert Olsen, es un juego, una broma, una parodia, un pastiche. No es sofisticada, pero tampoco lo pretende. Todo en ella es simple porque no esconde en ningún momento su intención, aunque amague algunas veces con ciertos giros de guion que en el fondo no dejan de reafirmar lo que es de principio a fin: una inversión lúdica, autoconsciente y burlona del casi ubicuo y cansino relato arquetípico de los superhéroes.
El protagonista, Nathan Caine (Jack Quaid), cuyo mote sirve de título a la cinta, es un antihéroe, o –para ser más exactos- un “infrahéroe”. No tiene un poder que le haya sido otorgado misteriosamente por ser un elegido o por protagonizar una experiencia catártica, fascinante y/o preternatural de la que ha salido transformado. Básicamente, en una contraposición que podría resultar burda si no fuera porque la película tiene en todo momento la capacidad y el mérito de suscitar la simpatía del espectador, es todo lo contrario: un apocado, tímido e insulso sociópata que debido al miedo, social y biológico, que le produce su insensibilidad congénita al dolor, prácticamente vive cual “hikikimori” jugando a videojuegos con su amigo virtual Roscoe Dixon (Jacob Batalon), y saliendo sólo para cumplir con su jornada laboral como subdirector de un banco. Una de sus compañeras, Sherry Margrave (Amber Midthunder), suscitará en él un deseo amoroso que funcionará como condición necesaria (y más que suficiente) para iniciar su particular periplo (anti)heroico. Su mentor, que fungirá también como ayudante, será su compañero de aventuras virtual, llevado también al plano de lo real por el único motor que importa, aquel “che move il sole e l’altre stelle”
No se puede ser duro con Novocaine, porque –sin ser una buena película- en su ingenuidad y simplicidad, lanza un mensaje que hoy es valiente y contracultural, y lo hace sin pretensión, afectación ni ñoñería, sino con humor, ritmo y diversión: el amor es lo único que nos salva porque hace fecundas hasta nuestras carencias. Ésta y no otra es la clave de la kénosis, que es la lógica del motor del que hablaba el Dante.
Alejandro Matesanz