Superman

Crítica

Público recomendado: +13

Indescriptible es la expectación que genera siempre el regreso de Superman a la gran pantalla. La huella que dejaron Richard Donner y Christopher Reeve en la cultura es inabarcable: propiciaron un glorioso legado que jamás ha sido posible emular, ni siquiera por la mano de un Zack Snyder que revolucionó el género de superhéroes con su visión oscura, existencialista y técnicamente inalcanzable para cualquier otro director. En esta ocasión, ha sido James Gunn, autor de la trilogía Guardianes de la Galaxia, el encargado de imprimir sentido y dirección nuevos que reconcilien a un fandom dividido desde hace años. El cineasta de Misuri ha sido consciente de que el Gran Azul es el símbolo de los símbolos en los cómics, por lo que ha priorizado su sello emocional de personajes cercanos y comedia ligera. ¿El resultado? Una película que, con sus virtudes y defectos, funciona como un tiro.

Evitando cualquier relato de orígenes, Gunn nos sitúa frente a un Clark Kent ya integrado en la sociedad, con sus propias relaciones, viviendo en la vibrante ciudad de Metrópolis, que ha sido testigo del nacimiento de Superman hace ya tres años. El argumento de la cinta huye de los dilemas cósmicos de la etapa anterior y prefiere abrazar el poder de lo cotidiano, no solo del humano tras el semidiós, sino del propio superhéroe, al que se impregna de esperanza y luminosidad. Es una mirada que tributa a Christopher Reeve, más allá de la estética y el vestuario, pero pone rumbo al futuro; es decir, hay homenaje al legado, pero sin ser deudora de la nostalgia. Nos ubicamos en un universo en construcción que actualiza el cómic a la contemporaneidad.

El director estadounidense ha sido inteligente porque ha impreso su personalidad sin renunciar a las raíces: toma al mayor mito comiquero y le dota de una sensibilidad personal y abierta. Es cine para todos, uno que rechaza el prejuicio, la expectativa y la toxicidad de un fandom acostumbrado a estar continuamente polarizado. Por ello, la estética de Superman se eleva sin necesidad de invertir en solemnidad: tiene un diseño colorido y una fotografía naturalista y luminosa que prioriza la claridad de la imagen por encima de la épica del espectáculo visual.

Si algo tiene James Gunn es personalidad y valor, guste o no, por lo que nunca va a engañar a nadie. Desde el primer instante apuesta por un buen balance entre humor no paródico y emoción sin melodrama. Sin ser su mejor trabajo, guioniza con oficio, casi en zona de confort, con diálogos ágiles que evitan el agotamiento de los blockbusters modernos. El ritmo no llega a ser frenético, hay una estructura nítida que bebe de un montaje ideado para que el espectador pueda seguir la pista con fluidez. Esto se une a una música de John Murphy que acompaña con perspicacia, haciendo guiños sutiles a John Williams mientras busca su propio camino. Puede haber algún problema con la introducción repentina de numerosos elementos y personajes menos desarrollados, un popurrí de información que, si bien no desasosiega, puede generar cierta confusión a los menos habituados al mundo de los universos compartidos.

Uno de los pilares de es el reparto principal. David Corenswet encarna a un Superman cercano y vulnerable, que duda, cae y se levanta, alejándose del muro de la divinidad. Rachel Brosnahan brilla como Lois Lane, una periodista con voz propia y carisma, lejos del mero adorno. Nicholas Hoult, por su parte, construye un Lex Luthor cerebral y nada estridente, aunque el guion podría haber aprovechado más su potencial.

El gran tesoro del nuevo film sobre el Hombre de Acero es su mirada sobre la bondad, ya que cuestiona si esta misma es suficiente para vencer la cadena del mal y la injusticia. Hay una preciosa, aunque no demasiado profunda, apuesta por la luz, la esperanza y la humanidad en positivo. Kal-El es más un hombre normal con extraordinarios dones que un dios distante, es un tipo autodeterminado a ser compasivo y sacrificarse por el indefenso. Esta visión del director hace que la obra valga la pena: es un renacimiento imperfecto pero valiente, que recupera los valores tradicionales para unos tiempos cínicos que nos ha tocado vivir. Es una invitación a mirar al cielo con confianza renovada.

Gabriel Sales

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