Black Dog

Crítica

Público recomendado: +13

En un panorama cinematográfico como el actual lleno de producciones ruidosas y veloces, Black Dog (Guan Hu, 2024) irrumpe con la serenidad de quien se toma en serio lo que muestra. Se trata de una historia sencilla que, sin proclamas, nos interroga sobre la dignidad de los que el Papa Francisco llamaba “los descartados” de la sociedad, personas que viven al margen, y también sobre la posibilidad de reconciliación en un entorno hostil, árido.

Lang es un exconvicto que regresa a su ciudad natal, situada los confines del desierto de Gobi, en el noroeste de China. Él desea reintegrarse, ayudar a los demás y no meterse en problemas, pero, al llegar, el panorama no es nada alentador: su padre está muy deteriorado debido al consumo de alcohol y los familiares del hombre al que mató le acechan con violencia.

El protagonista comienza a trabajar en la patrulla encargada de limpiar la ciudad de perros callejeros como preparación para los Juegos Olímpicos de Pekín 2008, ya que se considera que estropean el aspecto de la localidad. 

Durante su trabajo Lang encuentra a un galgo negro, solitario y peligroso, pues todo el mundo afirma que tiene la rabia. El hombre decide no matarlo y, en lugar de eso, comienza a cuidar de él, de manera que entre ambos se forja una relación de lealtad silenciosa.

La historia transcurre en un paisaje árido y polvoriento, con una atmósfera melancólica, mostrando a Lang como un hombre roto, que arrastra el peso de su pasado mientras la ciudad también carga con el peso de la modernización y el abandono. A través de su vínculo con el perro negro, Lang comienza a reconectar con su humanidad, encontrando un propósito y una redención mientras trata de salvar al galgo de un destino seguro de exterminio.

El film es sutil y contemplativo, con muy poco diálogo, centrándose en la soledad y la dignidad de aquellos considerados prescindibles, ya sean personas o animales. Asimismo, el director se detiene en los detalles: los ojos cansados del protagonista, los ladridos que rompen el silencio de la noche, la bruma tóxica de la ciudad que devora montañas de chatarra y casas a medio derruir. Todo invita a preguntarse por los que sobran, por aquellos a quienes la sociedad querría esconder para que no estropeen la imagen del progreso.

Aquí late una mirada antropológica auténtica: la ciudad que expulsa a sus habitantes, la soledad que se convierte en compañera forzada, la violencia que brota constantemente cuando la dignidad es pisoteada. 

La película plantea implícitamente una pregunta radical: ¿qué hacemos con los que consideramos “sobrantes”? Los descartados, los que no producen, los que huelen mal, los que dan miedo, ¿pueden ser integrados? Y, sobre todo, ¿puede rescatarse uno a sí mismo sin amor, sin acogida, sin una segunda oportunidad?

La relación que se forja entre el hombre y el perro es el reflejo de esa ternura y misericordia que todos merecemos y que no necesita discursos. Hay una humanidad redimida en los gestos más humildes: compartir el agua, proteger al otro, caminar juntos sin rumbo, pero con dignidad. En un mundo donde todo se mide por la utilidad, Black Dog nos recuerda que la verdadera libertad no es la de quien puede hacer lo que quiera, sino la de quien es capaz de entregarse a otro, aunque ese otro sea un perro.

La película no cae en sentimentalismos ni ofrece finales idealizados. La redención aquí es dura, frágil y llena de polvo. Pero es real, como la vida. Black Dog deja en el aire la sensación de que siempre es posible volver a casa, aunque esa casa esté en ruinas, si alguien nos espera en la puerta.

Sin grandes discursos, Guan Hu logra recordarnos que detrás de cada mirada perdida puede haber una historia que merece ser escuchada. Y que, a veces, la salvación viene en forma de un perro negro que nos enseña de nuevo a ser humanos. 

Películas como ésta nos devuelven a lo esencial: la pregunta por el otro y la certeza de que nadie, ni siquiera el último de la fila, está realmente solo si encuentra con quien compartir su camino. Ojalá no fuera un perro y fuésemos las personas las que nos detuviésemos a cumplir este rol esencial.

Larissa I. López

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