Crítica
Público recomendado: +16
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Qué valor tan grande tienen esos pocos directores que se atreven a tirarse sin paracaídas al precipicio de sus propuestas. En su debut con el largometraje, Ana Lambarri nos muestra una mirada especial, atrevida y de colmillo hacia una sociedad atormentada por la incertidumbre y la precariedad emocional. Todo lo que no sé es uno de los grandes estrenos españoles de 2025, que fue a Málaga y optó con razón a mejor película. La cineasta va directamente al crudo de la angustia vital sin ofrecer respuestas fáciles, incomoda con la honestidad de sus planos en busca de la catarsis existencial.
Nos sitúa frente a Laura, una joven atrapada entre una vocación profesional frustrada, relaciones familiares atribuladas y amores líquidos. Su mayor combate, la presión de ser alguien en un sistema que exprime a la humanidad hasta el matadero. Partiendo de un gran reparto, especialmente una sensacional Susana Abaitua, Todo lo que no sé no peca de sobreexplicación ni efectismos sentimentalistas. Lambarri opta por poner luz en el cuerpo desnudo, priorizar los diálogos a pelo y los silencios expresivos. Digno de aplauso el ejercicio de escritura y filmación sobre la vulnerabilidad como piedra angular del relato, el aprendizaje existencial de cada día, con la autodeterminación como bandera, la pedagogía de los vicios y las virtudes, el ensimismamiento y la donación.
La recién estrenada directora parece tener especial sensibilidad hacia los pequeños momentos, el paso a paso, los detalles de lo cotidiano y los matices de vivir la vida. Hay una clara intención por empujar a la protagonista al abismo de enfrentar su propia tibieza, pero siempre con la delicadeza que exige tamaña empresa, representar cómo uno intenta subir una escalera mientras su propio mundo se resquebraja bajo los pies.
Vemos cómo la sobriedad en la puesta en escena refuerza todo ese respeto hacia los personajes y las redes que tejen, casi como si fuera sagrado, rechazando el posible juicio sobre sus decisiones, tantas veces erróneas, pero siempre experienciales. Por esto mismo el montaje es calmado, dando voz y oxígeno a los gestos, dejando al espectador tiempo para respirarlos.
¿Qué soy y qué debo ser en este mundo? Desde un prisma antropológico vemos una película ciertamente sugerente. Sin moralismo alguno, pone sobre la mesa cuestiones como la dignidad, la soledad o el mismo sentido de la vida. Laura quiere ser alguien en esta sociedad, con más o menos vanidad, pero lo hace desde una fragilidad, aunque escondida, evidente. Buscando la pertenencia, teniéndola al lado y en las raíces, mira hacia el exterior. Pero, como decíamos antes, no hay sermón sino mirada compasiva por parte de la directora. Con la dureza con que golpea la vida, con la autosuficiencia metódica, pero siempre camino de la reconciliación con uno y los demás.
De este modo, con Todo lo que no sé, Lambarri se sube al barco de los que ven en la gran pantalla una oportunidad para preguntar más que sermonear, que apuestan por la reflexión como renovado género cinematográfico. En esta época de tanto ruido y superpoder, de algoritmo y remake, toca aplaudir a títulos que se atreven con tanto descaro.
Gabriel Sales