TRON: Ares

Crítica

Público recomendado: +12

43 años han pasado desde el estreno de TRON (Steven Lisberger, 1982), la película en la que Disney jugó al máximo con la generación de gráficos por ordenador, la cual fue un completo desastre en taquilla pero pasado el tiempo se ha convertido en película de culto, sobre todo para el público más friki. En 2010 llegó la secuela, TRON: Legacy (Joseph Kosinski), que era visualmente increíble pero resultó otro fracaso comercial por un guion sin mucho sentido. Ahora llega el “no hay dos sin tres” con TRON: Ares, el tercer intento de Disney de llegar al gran público y resucitar una saga a la que los fans tienen mucho cariño.

La historia de un sofisticado programa, Ares, que es enviado del mundo digital al mundo real en una peligrosa misión, lo que supone el primer encuentro de la humanidad con la inteligencia artificial.

Coge las riendas en la dirección Joachim Rønning, quien ya ha dirigido antes películas de gran presupuesto como Piratas del Caribe: La venganza de Salazar (2017) o Kon-Tiki (2012), esta última muy buena adaptación del libro homónimo del legendario explorador Thor Heyerdahl. El libreto, por su parte, lo firman Jesse Wigutow y Jack Thorne. Entre los tres ofrecen un gigantesco espectáculo audiovisual que merece ser visto en pantalla grande y con ideas muy interesantes, aunque casi todas tópicas y típicas.

Rønning hace los deberes pertinentes ya desde la intro del castillo de Disney con ese estilo visual “tan de TRON”, lo que hace presagiar que el resto será un espectáculo. Y lo es, magnífico de hecho. El apartado audiovisual es, sencillamente, abrumador, acompañado además de una gran cantidad de nostalgia recordando tanto la primera película como la secuela. Quizás la banda sonora de Nine Inch Nails no sea tan épica como la que hizo Daft Punk en su momento pero también está a gran nivel, con momentos realmente espectaculares.

TRON: Ares llega en el momento perfecto, cuando el debate sobre la IA está más vivo que nunca y se cuestiona su funcionamiento por las bondades que puede ofrecer y, lo que es más relevante, el daño que puede hacer o que ya está haciendo, sobre todo provocando la desaparición de puestos de trabajo que no deberían desaparecer. De ahí que se aborde en profundidad su uso y abuso.

Los guionistas nos hablan, además y cómo no, de los riesgos que conlleva que todo esté online: “Ojo a lo que subes que luego te quejarás de intromisiones”, vienen a decir, y desde luego razón no les falta.

Se aprovecha para, una vez más, denunciar la escasa o nula moral de algunos empresarios a la hora de usar cualquier método para conseguir sus objetivos, aunque éstos pasen por provocar el mal a los competidores o poner en riesgo sus vidas. Y, nunca está de más, se nos recuerda que la vida no es permanente y debemos saber aprovecharla, “carpe diem” que repetía con tanto acierto Robin Williams en esa obra maestra que es El club de los poetas muertos (Peter Weir, 1989). Cada día es un regalo, un milagro, y precisamente la maravilla de la vida es que hay que aprovecharla, a poder ser haciendo el bien y haciéndolo a los demás.

Por supuesto hay muchos momentos destacables en el metraje, sobre todo dos persecuciones llenas de ritmo y frenetismo que deberían dejar satisfechos a los que busquen experiencias fuertes. También un “regreso al pasado” que hará las delicias de los fans más talluditos.

Aunque es verdad que se habrían agradecido diálogos con algo más de chispa y un poco más de profundidad, amén de personajes menos esquemáticos, lo cierto es que se han hecho las cosas para pasarlo bien y además el reparto está correcto, destacando un Jared Leto que consigue insuflar vida a su personaje y hacernos recordar al T-800 de Terminator 2 (James Cameron, 1991), esa máquina que llega a apreciar la vida humana y la vida en sí. Rønning logra 119 minutos muy entretenidos claramente superiores a TRON: Legacy que, insistimos, deben ser vistos en el cine.

Miguel Soria

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