Crítica
Público recomendado: +12
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La directora valenciana Lucía Casañ Rodríguez, siendo también la guionista, se estrena con su primera película Un bany propi (Un baño propio, en castellano). Una versión algo más moderna o alternativa a ese “para escribir, una mujer debe tener dinero y una habitación propia” que proclamó Virginia Wolf en su ensayo de 1929.
Con este debut la directora nos sumerge en la vida de Antonia, un ama de casa que tiene un cierto amor por los baños: son ese lugar en el que observa, juzga y escribe libremente. Interpretada por una exquisita Nuria González, parece mentira que se trate de su primer papel protagonista, a sus 62 años, en una larga trayectoria como actriz en títulos tan sonados como Física o Química o Los Serrano. Reivindicando que la vida de las mujeres “mayores” importa a las audiencias y que sus historias resuenan en todos los públicos, la autora declara que “suelen interpretar a abuelas, aquí se trata de una mujer interesante, intensa”, y dedica la película a sus abuelas.
Este relato busca romper las reglas que definen los espacios e invita a cuestionarnos qué elementos son los necesarios para definir una habitación, un salón, un baño… ¿Deja de ser una habitación si no hay una cama? ¿Y si hubiera una en el baño? Antonia trata de cambiar el curso de la acción alterando el espacio ante la mirada confundida de su marido Alberto (Carles Sanjaime), que no acaba de entender qué le ocurre a su mujer.
La mezcla de humor y drama que rebosa la película es gracias a una perfecta combinación de elementos: un fantástico guion, un trabajo actoral impecable y un equipo completo y entregado. La dirección de fotografía, por Borja Vázquez Salom, puede remitirnos a planos y ciertos colores característicos de Wes Anderson y la música, por Vincent Barrière, acompaña ese extrañamiento y cierto carácter teatral e incluso onírico presente durante toda la película. La dirección de arte, por Maje Tarazona, representa a medida la personalidad de los espacios y sus personajes.
La película bebe de varios elementos presentes en El anacoreta, película dirigida por Fernando Tobajas en 1976, en la que su protagonista también convierte el baño en un refugio y contarán con un mismo acompañante: un pez. Es este pequeño ser el que representará simbólicamente las emociones de nuestra protagonista.
Una trama que se resume en cuatro paredes que son todo y no son nada. Un lugar que no puede definirse y que, por ello, se convierte en un lugar en el que tampoco es necesario definir el qué o el porqué. Esa es la metáfora y ese el resultado al verla en el cine: una experiencia de disfrute contenida en cuatro paredes.
Adriana Cembrero Galiano