Crítica
Público recomendado: +16
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Qué difícil es para algunos guionistas y directores entender que para hacer una buena película lo importante son tres cosas que no nos cansaremos de repetir: guion, guion y guion. Si además tienes buenos actores, buena fotografía y un generoso presupuesto, pues mejor, pero lo primero es el libreto. Javier Ruiz Caldera se lo ha tomado muy en serio en Wolfgang (Extraordinario) y, con él, sus cuatro guionistas: Laia Aguilar, Carmen Marfà, Yago Alonso y Valentina Viso. Entre todos han llevado la novela de Laia Aguilar (ella misma ejerce de guionista) a la gran pantalla y han priorizado, con mucho acierto, lo importante.
Wolfgang, un niño de diez años con un coeficiente intelectual de 152 y trastorno del espectro autista, se ve obligado a vivir con su padre Carles, a quien no ha visto nunca, tras la repentina muerte de su madre. Carles afronta el reto con ganas y voluntad, pero Wolfgang no soporta su desorden ni su desorganización y lo considera un “bajocien” por su falta de intelecto. Así que, a escondidas, Wolfgang planea conseguir su sueño: entrar en la academia de música Grimald de París, donde estudió su madre, y convertirse en el mejor pianista del mundo. Cuando Carles lo descubre, debe decidir entre su gran oportunidad como actor o convertirse en el padre que necesita un niño como Wolfgang.
Como se diría, “hay mucha tela que cortar”, pero como no es plan de desvelar nada importante vamos a hacer un esfuerzo por ir a lo nuclear y que el respetable descubra lo demás en la sala de cine. Primero, aplaudir al reparto porque están de lujo todos y cada uno de ellos, brillando especialmente los dos protagonistas: Miki Esparbé como el joven despreocupado y actor sin éxito que tiene que aprender a ser padre a base de prueba-error, y Jordi Catalán como Wolfgang, el joven con TEA y, además, talentoso del piano. Los comienzos no serán fáciles pero el primero hará todo lo que esté en su mano para estar a la altura, aunque no todas las decisiones serán las correctas. No sería justo no citar a Anna Castillo como una psiquiatra infantil y profesora de música que da unos consejos realmente sabios.
Esta complicada relación paternofilial recuerda mucho a la fantástica Acero Puro (Shawn Levy, 2011), pero aquí cambiando el boxeo de robots por el piano. Los que vieron la película protagonizada por el siempre genial Hugh Jackman sabrán de qué va el asunto, aunque en la obra que nos ocupa hay más y más de lo que parece.
Segundo, porque sabe mezclar muy bien drama (la muerte de la madre y el trauma no tratado amén de otros temas que no se deben desvelar) con la comedia, siendo geniales varios detalles como el divertido papel de Berto Romero haciendo de agente que solo ve en los demás oportunidades para hacer dinero, o esa desternillante pulla a esos guionistas que piensan que todo vale y que giros de guion salvajes metidos con calzador pueden colar.
Tercero, porque hay momentos de gran belleza, como un concierto de piano que Wolfgang sigue con mucha atención, o una actuación en la calle en la que se ve invitado a improvisar porque no todo en la vida tiene por qué estar pensado al milímetro. Pero los guionistas no se han querido limitar a eso y hay, además, otros momentos de gran tensión que están igualmente bien llevados, sobre todo en el tramo final y que dan auténticas lecciones de vida sobre la importancia de ser sinceros con los niños. No por ser niños hay que ocultarles de forma sistemática absolutamente todo, viene a decir. Y no olvidar una fantástica banda sonora de Clara Peya en la que el piano es, como no podía ser de otra forma, gran protagonista.
En los contras, que son pocos, pero los hay, quedarían un par de blasfemias (gran talón de Aquiles del cine español), una mirada paupérrima a la trascendencia (“cuando una persona muere se convierte en estrella”, lo que hay que oír, de las peores palabras de consuelo que se le pueden decir a un niño pequeño) y un momento sexual no explícito, pero quizás innecesario, aunque solucionado con mucho humor. Estas cuestiones alejan a la película del público más joven, pero queda un filme muy logrado, que en algunos momentos puede ser previsible, pero con valiosas enseñanzas y un clímax magnífico que deja un inmejorable sabor de boca además de una breve escena que hace las veces de epílogo y que resulta ser absolutamente tronchante. Más cine español así, por favor.
Miguel Soria