Una quinta portuguesa

Crítica

Público recomendado: +12

Una quinta portuguesa es una minimalista obra que vuelve a demostrar que “menos es más”. Avelina Prat escribe y dirige centrando el tiro en las relaciones personales y en un tempo muy lento para deleitarse en bellos planos y silencios capaces de decir más que largos diálogos.

La desaparición de su mujer deja a Fernando, un tranquilo profesor de Geografía, completamente devastado. Sin rumbo, suplanta la identidad de otro hombre como jardinero de una quinta portuguesa, donde establece una inesperada amistad con la dueña, adentrándose en una nueva vida que no le pertenece.

La premisa aborda, desde el principio y sin juzgar, una denuncia social: la persona que falta al compromiso vital que ha adquirido con otra, es decir, el matrimonio. La unión indisoluble (al menos en el sacramento religioso) entre dos personas de distinto sexo y que muchas veces, por desgracia, es rota por decisión de uno de los dos o de los dos, que deciden terminar ese vínculo, y eso tiene consecuencias. El protagonista queda devastado tras el abandono del hogar familiar por parte de su mujer, lo que es aprovechado para denunciar que esa decisión unilateral tiene daños colaterales, como el inmenso dolor que provoca en el afectado. No hay acción sin reacción ni consecuencias, viene a decir Prat.

En todo caso no es el único tema a tratar ya que hay abundantes y bastante bien llevados, dicho sea de paso. Tenemos la falta de conocimiento del cónyuge por la falta de comunicación: “Ella prefiere no hablar y yo no pregunto”. De aquí, viene a decir la directora, puede haber luego sorpresas por descubrimientos posteriores. Hay que hablar, y mucho, sobre todo si has prometido compartir tu vida con alguien.

También sobre las segundas oportunidades: aunque uno cometa errores en un momento dado, eso no tiene por qué significar que sea una mala persona, todos merecen un poco de paciencia para demostrar utilidad y buen hacer, y que la confianza se gana con tiempo y paciencia, también entre personas a priori muy distintas.

Además, se toca profundamente el tema de la inmigración, la diferencia entre los orígenes y el lugar real de residencia, ese donde realmente está el corazón de la persona, y de la importancia de que el hombre tenga un lugar estable en el que desarrollarse y pueda sentirse seguro y cómodo.

Y, por último, la necesidad de conocer las causas de los dramas y los traumas, de afrontar los fantasmas del pasado y de cerrar puertas que podían estar abiertas provocando dolor. De esta forma podemos aprender y ser mejores, que es el objetivo en esta vida: ser buenas personas más que ser felices.

Sin tiroteos ni persecuciones ni escenas sexuales injustificadas ni blasfemias (casi milagro en el cine español), pero sí con muy pocos actores (estupendos Manolo Solo y Maria de Medeiros) y tempo muy lento (a veces, quizás demasiado), una fotografía muy bella y muchos silencios, algunos más elocuentes que largos diálogos explicativos, Avelina Prat ha compuesto un drama muy interesante que toca varios temas sin desentonar en ninguno y con un tramo final especialmente revelador. No extraña pues el buen recibimiento que tuvo en el Festival de Málaga y que debería tener en los cines donde se proyecte.

Miguel Soria

https://www.youtube.com/watch?v=_4D1DHAZDo4

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