Crítica
Público recomendado: +18
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Las primeras notas de una música folk indie nos introducen en el universo emocional de la nueva película de Joachim Trier. Suena Dancing girl, de Terry Callier, perfecta para Valor sentimental. Con delicadeza casi juguetona, la cámara se posa sobre la fachada roja de la casa de madera donde Nora (Renate Reinsve) y Ana (Inga Ibsdotter) crecieron. Una voz en off, tibia y evocadora, presenta ese lugar como un refugio, un territorio mítico al que una vuelve solo para descubrir que el tiempo ha modificado los cimientos. Bajo esa apariencia amable, Trier no tarda en señalar la grieta: Tras la separación de sus padres, él optó por irse, algo que alivió los ruidos de aquel sinfín de discusiones pero que sin duda, marcó de por vida a aquellas dos niñas.
La película se adentra en cómo el abandona de su padre marca la trayectoria vital de Nora, convertida en una actriz respetada en el mundo del teatro. El relato se afila cuando el padre reaparece y pretende recuperar una autoridad que nunca ejerció, apoyándose en un físico imponente: alto, severo, de gesto pétreo. Espectacular la presencia de Stellan Skarsgard, una interpretación con los matices sólidos, profundos y enigmáticos que necesita el personaje.
Trier observa con lucidez cómo las marcas del abandono se proyectan en la vida íntima de Nora: su dificultad para establecer relaciones afectivas estables, la incapacidad para reconocer un vínculo seguro. Y en paralelo, explora con sensibilidad la relación con Ana, mostrando cómo dos hijas metabolizan una misma ausencia de maneras opuestas: una se blinda, la otra expone la herida; una se profesionaliza en el control, la otra en la distancia. El director confirma aquí su sintonía creativa con Renate Reinsve, cuyo talento parece conocer nuevos matices en cada plano. La actriz sostiene la película con una mezcla de vulnerabilidad y coraje que convierte su recorrido en un pequeño tratado sobre la identidad.
En el trasfondo emerge una lectura social que dialoga con las ideas de la socióloga Evelyne Sullerot, quien advirtió del “ocaso de los padres” en las sociedades contemporáneas y la aparición de un matriarcado de nuevo cuño. Indicaba la autora que “la madre se ha convertido en un progenitor que desempeña todos los papeles; el padre es un progenitor insuficiente”. Trier recoge esa intuición no para emitir juicio, sino para mostrar la silenciosa erosión del rol paterno: un hombre que, bajo la máscara de independencia afectiva, esconde derrotismo, fragilidad y un miedo profundo a no saber quién es. Y precisamente, en este camino interior del padre, el cineasta obra el milagro: los conflictos generados entre padre e hija se transformará con dolor, incomprensión y belleza en un lugar de encuentro para el asombro, la admiración y la esperanza. Obra maestra que entrelaza con sutileza y gracia los delicados lazos entre los miembros de una familia rota y desconcertada.
Rosa Die Alcolea
https://www.youtube.com/watch?v=kN–pci82Rc