Crítica
Público recomendado: +13
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En su segundo largometraje, Maura Delpero nos lleva a un pequeño pueblo de los Alpes, en la provincia de Trento, Vermiglio (que es el nombre del pueblo, pero también el lugar del alma de la directora, al que se suman inevitablemente las sugerencias del nombre), para contarnos una historia que, mezclando ficción y evocación autobiográfica, constituye su propio “lessico familiare”, como lo definió la autora.
La película nos cuenta la historia de una familia que, en medio de los conflictos sociales y políticos de los años 40 en Italia, vive una vida definida por la relación con la tierra, las tradiciones y las dificultades que eso conlleva. A lo largo de las últimas cuatro estaciones que acompañan el final de la Segunda Guerra Mundial, seguimos las vicisitudes de los 10 miembros de la familia, encabezados por la figura autoritaria del padre, único maestro y severo educador de este pueblo perdido en las montañas. En la casa viven todos bajo la rigidez de las normas impuestas por el patriarca, mientras en el entorno más inmediato emergen tensiones y secretos que van transformando las dinámicas familiares. Cuando el maestro acoge en su cabaña a un desertor siciliano, quien, perdido, espera el cambio de tiempos, es inevitable el desarrollo de una pasión profunda entre él y la hija mayor (bien personificada por Martina Scrinzi), que tendrá consecuencias inesperadas.
En las tensiones que van surgiendo en el seno del núcleo familiar y paisano, está la dialéctica entre la figura paterna autoritaria y la madre (interpretada por Roberta Rovelli), que en una escena emblemática levanta la voz en un gesto de liberación de las normas impuestas. La directora busca con ello mostrarnos la necesidad y la bondad de los cambios de unas costumbres que con el tiempo se vuelven obsoletas.
Parte del toque profundo de la película es dado por la musicalidad del dialecto, los cantos alpinos, y las tradiciones del pueblo con su simbolismo religioso. El Nocturno de Chopin que resuena de fondo, y los libros de poesía que se declaman constantemente, son elementos que muestran una cultura que se quiere clásica y que se resiste al cambio, pero que no puede evadir los desafíos de sus proprios procesos de transformación. La película no solo habla de la lucha por el saber, sino también de la lucha por los sentimientos, especialmente en la joven hija que desafía los límites de la tradición.
La forma de narrar de Maura Delpero es contemplativa y profunda, y trasmite mucho respeto por lo que cuenta. El ritmo lento está al servicio de la construcción del paisaje físico e interior, que refleja tanto el tiempo como el alma de los personajes. También el silencio de las montañas y de los protagonistas son elementos importantes para transmitir lo no dicho, lo reprimido, mientras que la narrativa se mueve con cautela entre los gestos cotidianos y los anhelos de cada uno, que parecen hervir bajo la superficie.
Así, Vermiglio se convierte en una reflexión sobre las tradiciones, la autoridad y la libertad. La película no se limita a explorar las relaciones familiares, sino que se adentra en las dinámicas sociales de una Italia rural y de una posguerra atrapada entre el pasado y el futuro. Con ello, Delpero nos invita a mirar al pasado, pero también a plantearnos la pregunta de cómo, a través del tiempo, es posible reconciliar los traumas y las heridas de la historia propia y colectiva. Como en la aclamada Maternal, Delpero se confirma como una directora capaz de encontrar belleza en espacios complejos de la experiencia humana, buscando retratar una verdad sin adornos ni concesiones.
Anna Piazza