Voy a pasármelo mejor

Crítica

Público recomendado: +7

Expectantes deberíamos estar siempre ante películas como Voy a pasármelo mejor, sencillas y de enorme corazón, producto patrio que decide alegrar el verano de cualquiera dispuesto a recibir ese regalo. Dirigida por Ana de Alva y escrita por David Serrano (autor de la original de 2022), esta secuela tenía el reto de evitar la nostalgia vacía, buscando una identidad propia para construir algo sólido y perdurable en el tiempo. El éxito de la primera fue conectar genuinamente con varias generaciones, haciendo de puente gracias a la música de los Hombres G y a una gran dosis de autenticidad y humor. Esta segunda amplía el campo de acción, dotando al relato de más voces y luz.

La sinopsis nos sitúa frente a un grupo de adolescentes de cara a ese clásico verano que marca el salto de la niñez a la juventud. Amor, amistad y sentido de la vida se dan la mano entre canciones míticas y travesuras, para observar el viaje emocional de unos protagonistas carismáticos y de muy buen rollo, dispuestos a divertirse y a hacer pasar un buen rato al espectador. El ambiente de campamento es lo de menos.

La puesta en escena de Voy a pasármelo mejor está cuidada, con esa ambientación noventera rica en detalles. Del mismo modo, el vestuario, los decorados y la música como motor narrativo, todo juega al mismo juego de sumergir al público en una aventura reconocible y entrañable. Parte fundamental es la determinación de la directora, una Ana de Alva que muestra personalidad con la cámara, dota a las escenas de una vibración especial, energía y un gusto adecuado. Hay previsibilidad en el guion, pero queda aminorada por un buen equilibrio entre humor blanco y emoción. No debemos olvidarnos de una de las mayores claves en toda esta gesta: un reparto que derrocha naturalidad, se nota cómodo y aumenta la credibilidad. Estos se suman a unos adultos matizados y cameos interesantes.

Voy a pasármelo mejor es una carta de amor a la vida, la amistad, la inocencia y la importancia del grupo. La cinta reivindica el tesoro que guarda siempre la honestidad, el ser uno mismo y la urgencia de pertenecer a una comunidad sin dejar de lado la propia identidad. La película retrata con bondad a una adolescencia en duda, con luces y sombras, evitando el dramatismo o la banalización de realidades que siempre son delicadas. Estamos ante una secuela de valor, vitalista y suficientemente fresca, que no inventa nada pero sabe cómo conectar con emoción y diversión. Entretenimiento sin complejos que une generaciones.

Gabriel Sales

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