Crítica
Público recomendado: +18
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Llevábamos tiempo esperando algo así. Una película magna, dispuesta a poner en jaque la lógica de las plataformas; un film acaso histórico, como defiende el compañero Javier Ocaña. No es baladí, a este respecto, que el mastodóntico metraje (214 minutos que, sin embargo, no aburren en ningún momento) haya sido rodado en VistaVision, una de las estrategias nacidas durante los años 50 para poder competir con la entonces incipiente televisión y con la comodidad del salón de casa.
Además de poder expandir la relación de aspecto 1,37:1 que, heredada del cine clásico, ofrecían los televisores primigenios hasta 1,66:1 —formato, por ejemplo, de Los diez Mandamientos (The Ten Commandments, Cecil B. DeMille, 1956), una de las primeras películas relevantes filmadas con esta técnica— los filmes rodados en VistaVision ofrecían una nitidez de la imagen completamente sorprendente y desconocida para el espectador de entonces. No duró mucho su auge, sin embargo, y fue pronto desbancada por el espectacular CinemaScope; sin embargo, algunos directores como George Lucas o, más recientemente, Christopher Nolan la han seguido usando para rodar secuencias concretas.
Que Brady Corbet —no olvidarán este nombre— haya decidido resucitarla a lo grande tiene mucho que ver con aquella gestación primera: se trata de ofrecer a los espectadores una experiencia estética distante de la que pueden tener en sus hogares; se trata de una apología del cine como objeto de arte y no como objeto de consumo. De ahí que la exigencia del director de que solo sea estrenada en cines (no entiende Corbet para qué complicarse la vida haciendo una película destinada a ser colgada en los servidores de Amazon Prime), así como la imposición de que las salas tengan obligación de hacer un descanso de quince minutos como los de antaño —lo cual dinamita la planificación de cualquier exhibidor tradicional—, se pueden leer, más que como caprichos o muestras de narcisismo autoral, como estrategias de defensa de un medio que, en las últimas décadas, parece más sometido a la producción en cadena nutriente de la bestia del beneficio que a la originalidad creativa irrenunciable de cualquier expresión artística.
Ya solo por esta testaruda audacia de Brady Corbet en la elección de las condiciones técnicas y estéticas de producción y exhibición, The Brutalist debería ser tomada en cuenta. Afortunadamente, sin embargo, su propuesta fílmica se expande mucho más allá de estas categorías: se trata de ejemplo de cine pensado y hecho a lo grande (a pesar de su reducido presupuesto de en torno a 10 millones de dólares); una película antológica, dispuesta a dejar una impronta en la Historia del Cine; una suerte de epopeya; un relato a modo de mito fundacional de la sociedad estadounidense posterior a la Segunda Guerra Mundial, concentrado en la figura de un arquitecto de la Bauhaus, Lázsló Tóth (excelso Adrien Brody, en uno de los papeles de su vida) y su narrativa vital de ascenso, caída y redención, tan profundamente mitológica.
A nivel de estilo audiovisual, bastaría con fijarse en sus primeros minutos (en sus imágenes, pero especialmente en su deslumbrante edición de sonido, que ubican al espectador en la cacofonía informe del alma de Tóth) para rendirse a sus encantos; a nivel narrativo, sería suficiente con recrearse en su antológico epílogo, que ofrece no solo una interesante reflexión en torno a las categorías de persona, rol y actante a propósito del personaje de Zsófia (Reffey Cassidy, Ariane Labed), sino también una jugosa clave para la relectura del film y para la comprensión intelectual de todo lo que el resto del metraje transmite directamente a las vísceras. Y es que The Brutalist es, en esencia, una obra profundamente visceral, que construye una gran parte de su narración en base a elocuentes elipsis y que deja en la oscuridad, sostenidas solo por tres o cuatro pinceladas, subtramas configuradoras del personaje protagonista, como la de su amistad con Gordon (Isaach De Bankolé).
Es por ello que, aunque disfrutable para el espectador medio por el aparente clasicismo de sus formas, The Brutalist es, en su núcleo de hormigón armado, un film pensado para el espectador activo, que abre muchas más preguntas que respuestas aporta, que deja inexplorados multitud de caminos para que el respetable, si quiere, se adentre por ellos o, más aún, para mover su respuesta emocional sin satisfacer todas las preguntas que podría formular su intelecto, dejándole un amplio espacio para la interpretación y el análisis.
Solo las concesiones al efectismo de corte sórdido, que salpican la segunda parte del metraje y no aciertan a poner en escena o a exponer de modo convincente recursos en esencia metafóricos, como la violación del magnate Van Bühren (excelente Guy Pierce) o el sufrimiento indecible de Erszébeth (una Felicity Jones a la que el film parece venirle una talla demasiado grande) desdicen, y no completamente, del estatus de obra maestra de un film que, más allá de todo lo dicho, esculpe en piedra la figura de su director, Brady Corbet; él será, sin duda uno de los autores que definan el devenir del medio cinematográfico en el siglo XXI.
Rubén de la Prida