Crítica
Público recomendado: +16
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Con María Callas, Pablo Larraín concluye una trilogía de biografías cinematográficas destinadas a mostrar la “cara B” frágil, doliente y desesperada de grandes mujeres del siglo XX. Mujeres populares, veneradas y aparentemente poderosas, pero, en última instancia, oprimidas, encerradas y profundamente solas; acaso por esto último, alguno ha denominado a este tríptico, con acierto, trilogía de la soledad.
Inaugura la terna Jackie (2016), en la que Natalie Portman encarna a la que fuera primera dama de los Estados Unidos en los trágicos momentos en torno al magnicidio de su marido, John Fitzgerald Kennedy. Aquella cinta fue precedida por y estrenada el mismo año que Neruda (2016), film que marcó la incursión del realizador chileno en el ciclo del biopic, aunque, por lo referido, con tintes radicalmente distintos de los de la trilogía que nos ocupa. Un lustro después, en 2021, Larraín sorprendía con su fascinante versión de Diana de Gales, Spencer; interpretaba allí a Lady Di, en uno de los papeles de su vida, Kristen Stewart. Cierra ahora el ciclo María Callas (Maria a secas en el título original), donde Angelina Jolie da vida a la diva griega; se puede afirmar, a la vista del resultado, que se trata de un cierre más que necesario.
Quizás sea precisamente la presencia de Jolie el error de base del film, a pesar de que el personaje esté concebido a mayor gloria suya; algo hay en ella que no convence, tal vez ni la misma actriz estaba convencida de interpretar a la diva; por momentos parece que no se lo cree.
Otra posible explicación de la falta del grado de excelencia al que llegaban Jackie y Spencer puede ser el recurso excesivo al onirismo —¿una herencia de la excéntrica El conde (2023)?—, que no acaba de funcionar a nivel narrativo para explicar las alucinaciones de la diva catalizadas por la soledad y los fármacos. Y, en general, toda la riqueza de los recursos fílmicos utilizados —los silencios, el blanco y negro, los diversos formatos de película, etc.— parece aquí como desaprovechada o carente de la coherencia orgánica que mostraban las fábulas amargas en torno a Jacqueline Kennedy y la Princesa Diana. Está siempre en su sitio —no obstante, al menos— el casi infalible Pierfranceso Favino, quien da vida a Ferruccio, el mayordomo de la soprano; él y la poderosa fotografía de Edward Lachmann, así como los gloriosos retales de óperas interpretadas por María Callas que estructuran el relato, consiguen salvar la propuesta del fiasco.
Al igual que sucedía en los dos primeros capítulos de la trilogía, la soledad que rezuma cada plano de María Callas se debe a un modo de vida en forma de jaula de oro en la que moran cada una de las tres mujeres retratadas y que, en el caso de la Callas, fue construida por Aristóteles Onassis (sorprendente Haluk Bilginer); Larraín deja entrever que, aunque la jaula del magnate estaba deliberadamente abierta, la cantante nunca consiguió abandonarla, y el amor patológico por un hombre que odiaba la ópera acabó por aniquilar el genio de la artista, es decir, por aniquilarla a ella. Un hombre, por otra parte, tan rico y poderoso que acabó abandonando a su compatriota griega —con la que nunca quiso casarse, a pesar de haberla dejado embarazada de un hijo que no llegó a ver la luz del mundo— para contraer matrimonio, precisamente, con Jacqueline Kennedy.
La presencia implícita de la viuda del Presidente y el cameo explícito de este (interpretado, como en Jackie, por Caspar Phillipson) tiene, evidentemente, poco de accidental, y cierra la trilogía a modo de uróboro replegado —como cada una de las protagonistas— sobre sí mismo. De ahí lo coherente del final de un relato que enlaza en forma de círculo con su principio, y en el que Larraín parece querer representar la antológica frase en la que Louis Armstrong afirmaba que quienes se dedican a la música no se retiran, sino que paran cuando ya no hay música en ellos. Y entonces solo les queda, como a la Callas, morirse.
Rubén de la Prida