Crítica
Público recomendado: +18

La segunda temporada de The Last of Us, dirigida y co-creada por Craig Mazin y Neil Druckmann, recupera la línea postapocalíptica que conquistó a millones de seguidores de HBO, ahora MAX. La historia adapta el famoso videojuego homónimo que, tras el éxito de su primera entrega, elevó las expectativas. El drama humano en crudo, en un contexto completamente hostil, regresa a la pequeña pantalla para poner sobre la mesa el clásico dilema moral en medio de la supervivencia extrema.
En esta ocasión, seguimos a Joel y Ellie, años después de los traumáticos acontecimientos de la primera temporada, arraigados en la comunidad de Seattle, y a punto de emprender un viaje que desafiará por entero sus convicciones físicas y psicológicas. Dicho escenario está intrínsecamente ligado a una puesta en escena casi impecable, un apartado visual de altísimo nivel y una inmersión radical en el conflicto entre individuos y colectivos.
Es por ello que en esta segunda tanda de capítulos de The Last of Us vuelve a destacar el poder de su narrativa visual, siempre enmarcada en perfectas recreaciones de la naturaleza salvaje y la desolación de civilizaciones enteras tras el colapso. A esto, sumemos esos espacios urbanos invadidos por lo incontrolable y una atmósfera opresiva que penetra en lo más hondo del sentido de la serie. En cuestión de estética, se mantiene el sello del realismo visceral y el lirismo visual, apoyados por un guion que viaja alternando precisión e inconsistencia. La dirección crece cuando equilibra la acción y los espacios de intimidad, nutriéndose claramente de una fotografía de fuertes contrastes que refuerza la atmósfera emocional de los personajes.
Si aplicamos un filtro antropológico, vemos cómo la segunda entrega de The Last of Us plantea una profunda reflexión sobre la condición humana en situaciones límite. Si bien es cierto que no innova en este sentido, lo hace de manera sobresaliente. La parte menos acertada, dentro de su presunto realismo encarnado en el post apocalipsis, se refiere a la representación de las comunidades religiosas, tiñéndose siempre de fundamentalismos sectarios. Del mismo modo, enfrentarse a esta serie implica aceptar un altísimo grado de violencia explícita, sobre todo alrededor de esa estereotipada cuota de religión fanática. Dejando de lado esto, hay un propicio punto de encuentro entre el pecado y la redención en un mundo completamente roto.
No se me olvida advertir severamente acerca de la explicitud en las escenas de sexo y violencia, en cualquier caso, porción fundamental de la narrativa de The Last of Us, también en esta segunda temporada. No se emplean como mero espectáculo, pero sí se recrean en las mismas.
En definitiva, una notable entrega de episodios de una serie que ha sido claramente ensalzada y edulcorada a través del relato en torno a su actriz protagonista, Bella Ramsey, y la eminente promoción del lobby LGTBI. Esto ha provocado que tanta gente la idealice y emplee gustos e intereses ideológicos como argumentos que jamás pueden ser cinematográficos.
Gabriel Sales
https://www.youtube.com/watch?v=e7tDsBuzc3Q&ab_channel=MaxLatinoam%C3%A9rica

Licenciado en Periodismo, Máster en Comunicación y Branding Digital, Máster en Matrimonio y Familia y Máster en la Unión Europea. Apasionado comunicador y crítico de cine, personalista practicante y absoluto seguidor del séptimo arte más reflexivo. Cada película es una ventana hacia nuevas perspectivas y emociones, no subestimemos las historias que retan nuestro acomodo mental.