1
Dos hombres están arrodillados, esposados en la arena húmeda. La luz de los faros de un coche alarga sus sombras sobre la playa. Murmuran en ruso. Detrás, otros dos hombres apuntan sus armas hacia ellos. Cuentan hasta tres. Disparan. Parece la escena de una película, pero en realidad sucedió. El doble de acción Yak Canutt, quizá el más famoso del cine, relata esta escena digna del noir al escritor Michael Munn, biógrafo del vaquero más famoso del cine, en el bar de un hotel londinense en 1976. Era cierto: Josef Stalin había enviado agentes de la antigua NKVD a asesinar al actor John Wayne.
2
El cineasta Aleksei Kapler había sido enviado al gulag de Vorkutá, al norte de la Unión Soviética. Cinco años después Kapler fue liberado y visitó muy brevemente Moscú antes de ser condenado de nuevo, en 1948, al gulag Inta, en la región de Komi, en el Círculo Ártico. A su colega y compañero, el director Sergei Bondarchuk, le llegó a comentar los planes de Stalin con respecto a Wayne durante su corto tiempo en libertad en la capital. Stalin enviaría al cineasta Sergei Gerasimov, presidente de la Academia Soviética del Arte y quien fuese profesor de cine de Bondarchuk, al Consejo Mundial de la Paz en Nueva York en 1949 con instrucciones de tomar nota acerca de actividades y posturas antisoviéticas en personalidades del espectáculo norteamericano. Gerasimov le contó luego al tirano de las fuertes convicciones anticomunistas de Wayne, y el hombre del bigote resolvió lo incuestionable: hay que matarlo.
Cuando Munn creía tener suficientes testimonios —incluyendo el del propio Wayne— para afirmar que la conspiración para asesinar al actor de El hombre que mató a Liberty Valance era completamente cierta, se topó con uno nuevo que acabaría con cualquier duda, pues se trataba de alguien lejano e indiferente a Wayne. En 1983 el gran Orson Welles le diría con su voz cavernosa que durante la filmación de Waterloo (1970) el director Sergei Bondarchuk hizo comentarios al respecto. «Stalin estaba loco, tanto como para una camisa de fuerza —resonaría la voz de Welles—. Solo un demente intentaría asesinar a John Wayne».
La primera vez que la KGB falló el asesinato a John Wayne (sí, hubo varias), fue en 1949. Los agentes soviéticos se hicieron pasar por unos del FBI y entraron a los estudios de la Warner Brothers. Poco les duró, pues fueron desenmascarados con rapidez por agentes reales. Otro incidente sucedió durante una visita de Wayne a las tropas estadounidenses en Vietnam: un francotirador le disparó y falló (al parecer se trataba esa vez de una orden de otro hombre cabal y sensato: Mao Zedong). Y uno más, en México, mientras filmaba Hondo (1953, John Farrow).
3
En la playa, tras los disparos, los hombres de rodillas están agitados y aterrorizados. Siguen vivos. Solo eran balas de fogueo, utilizadas por el guionista James Edward Grant y su amigo cercano John Wayne, para darles un merecido susto al par de sicarios rusos. Agentes del FBI le preguntan a Wayne qué hacer con ellos, a lo que este responde que los envíen de vuelta a Rusia. Uno de los matones reacciona de inmediato en inglés para que por favor no los envíen de regreso con Stalin.
—Moriremos —dice.
—Parece que estos dos le tienen más miedo a Stalin que a ustedes —dice el actor a los oficiales mientras los rusos continuaban de rodillas en la arena. Y añadió, cuando el FBI los metía en el coche-patrulla—: Bienvenidos a la tierra de los libres.
Narcisa García

Licenciada en Artes cinematográficas, ha sido correctora de estilo para Penguin Random House y profesora de cine en la Universidad Central de Venezuela. En la actualidad forma parte del departamento editorial de Ediciones Encuentro y mantiene la columna semanal sobre cine “Nuestro amigo común” en el Papel Literario, suplemento cultural del diario El Nacional en Venezuela.