Sergei Bondarchuk

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En el set de Waterloo (1970) un rechoncho Orson Welles interpretaba a un temeroso Luis XVIII que, presa del pánico por el regreso de Napoleón de su exilio, no puede esperar para abandonar París. La superproducción italosoviética, a cargo del legendario Dino de Laurentis, contó con un presupuesto de veinticinco millones de dólares, de los cuales la soviética Mosfilm puso una parte menor y nada menos que quince mil soldados del Ejército rojo. Menuda hazaña la del equipo, no solo por enfrentarse a actores del calibre de Welles, Christopher Plummer y Rod Steiger, ¡sino a semejante magnitud de extras! El director de esta empresa, el ucraniano Sergei Bondarchuk, se comunicaba a través de walkie talkies con oficiales de alto rango a cuyas órdenes estaba la tropa. Bondarchuk sabía lo que hacía: él mismo sirvió al Ejército rojo durante la Segunda Guerra Mundial, por lo que interrumpió su aprendizaje en la escuela de arte dramático.

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Veinte años atrás, en 1950, Sergei Bondarchuk filmaba Taras Sevchenko (1951), donde interpretaba al personaje homónimo. En realidad, no sabía si esta película llegaría a estrenarse: el ministro de Cinematografía, Ivan Bolshakov, llegó a decirles que «El año que viene haremos cien películas… y ambas serán buenas». Cuando Stalin, que revisaba todas las películas terminadas, lo hizo con Taras Sevchenko, apuntó doce cambios en una lista y la entregó a Bolshakov con una orden: «Transmítale mis comentarios al director». Igor Savchenko, es decir, el director, había muerto repentinamente hacía días, con apenas cuarenta y cuatro años. Bolshakov, que lo sabía, respondió: «¡Sí, camarada Stalin!», y abandonó la estancia. El ministro de Cinematografía prometió a Stalin que haría llegar sus comentarios a un muerto.

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Bolshakov, atemorizado, llamó a Mijaíl Romm, director de Lenin en Octubre (1937) para pedirle consejo, y decidió confiarles a Bondarchuk y a su compañero Vladimir Naumov, estudiantes de Savchenko, la tarea de terminar la película con las revisiones de Stalin. Los despertaron en medio de la noche y los llevaron al despacho del ministro. Bolshakov se acercó a la mesa y los miró largo rato, era evidente que no les caía bien. Finalmente, habló, y Bondarchuk cogió de inmediato un lápiz. «¡Sin notas, memoricen!», gritó ofuscado el ministro. Y repitió los comentarios textuales de Stalin. Les ordenaron terminar de filmar varias escenas, «seguramente que no fueron las mejores», diría Naumov. Pero Bondarchuk parecía estar aprendiendo de la situación, adaptándose a trabajar con sus colegas estudiantes con la misma seriedad que lo hacía con el recién fallecido Savchenko. Y añade Naumov: «La cabeza de un director latía en él desde entonces».

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Un grupo estudiantil de sinvergüenzas que robaban manzanas y las comían con pan mohoso en una habitación helada en pleno rodaje terminaron Taras Sevchenko juntos. «El Líder de todos los tiempos y pueblos» la vio. Y pronunció una célebre frase, refiriéndose a la actuación de Bondarchuk: «un verdadero artista del pueblo». Al día siguiente, Bondarchuk recibió el Premio Artista del Pueblo de la URSS, y el resto, el premio a la producción. El director de Waterloo tenía entonces 32 años.

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Orson Welles, aunque apareció durante pocos minutos de metraje en Waterloo, pasó el tiempo suficiente en el set como para oír de Bondarchuk que el guionista Aleksei Kapler, quien había sido novio de la hija de Stalin, se había enterado de que éste mandaría a asesinar a John Wayne. Welles, actor y director igual que Bondarchuk, quizás viese con simpatía que su colega ucraniano recibió el Óscar a la mejor película de habla no inglesa en 1969, por su impresionante Guerra y paz (1967). Peter Sellers, quien le dio un puñetazo en la cara al director Joe McGrath tras rehusarse a compartir el set con Welles porque llamaba más la atención que él, tampoco habría podido hacerlo con Bondarchuk: «es un hipnotizador», «actuaba con tal intensidad que todos en el set temblaban», decían sus profesores y compañeros. Quizás esto ayude a explicar el porqué: Yuri Bondarev, otro de sus amigos, declaró una vez: «Hablamos de cómo la gente crucificó a Cristo porque no habían madurado en su filosofía de fraternidad, sus leyes morales, sus mandamientos, su forma de vida. Crucificaron su propia conciencia, y tras la crucifixión del gran predicador, el mundo terrenal aceleró su declive de mal en peor».

Narcisa García

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