Crítica
Público recomendado: + 16 años

Muerte en la familia Murdaugh (2025), inspirada en un crimen real, comienza con el hallazgo de Maggie (Patricia Arquette) y Paul Murdaugh (Johnny Berchtold) asesinados en la propiedad familiar en 2021. A partir de ahí, el relato muestra cómo una poderosa familia de Carolina del Sur (Estados Unidos) llega a ese punto.
En ese recorrido, se retrocede a 2019, fecha en la que la joven Mallory Beach (Madeline Popovich) fallece en un accidente en barco. Paul Murdaugh, que conducía ebrio la embarcación, aparece como un joven impulsivo, acostumbrado a actuar sin pensar en las consecuencias, porque los privilegios de su apellido le han aportado siempre protección.
Alex Murdaugh, el patriarca, se presenta inicial y aparentemente como una figura respetada, con una larga trayectoria y autoridad como abogado, proporcionadas sobre todo por pertenecer a una de las dinastías más poderosas del sistema legal local durante décadas.
Sin embargo, a medida que avanza la serie, su verdadero perfil se descubre: salen a la luz su adicción a los analgésicos, fraudes y corrupción en el ejercicio de su oficio, problemas económicos, actitudes violentas e infidelidades, así como la evasión constante de la responsabilidad de sus actos. El prestigio y la soltura que ostenta dentro de su comunidad contrastan con la fragilidad y degradación moral que esconde.
Maggie, su esposa, aparece en una posición compleja. Durante la mayor parte del tiempo respalda la dinámica del entorno familiar que le proporciona una vida cómoda e incluso participa en los encubrimientos para salvar las apariencias. No obstante, la serie deja ver un desgaste progresivo y una distancia creciente respecto a Alex. Su figura refleja esa tensión entre permanecer y verse obligada a tomar distancia.
El retrato de los Murdaugh se completa con otros elementos que amplían el contexto. Entre ellos, la muerte de Gloria (Kathleen Wilhoite), una empleada cercana a la familia, en circunstancias poco claras, y la posterior estafa a sus hijos, así como la situación del otro hijo, Buster Murdaugh (Will Harrison), marcada por problemas académicos y personales.
A través de todo ello (con hechos probados judicialmente y otros que quedan en el terreno del rumor o la interpretación) se van uniendo las piezas que ayudan a crear una imagen de conjunto en la que los desequilibrios y los abusos de poder no son puntuales, sino sostenidos en el tiempo. El comportamiento del clan refleja un ambiente en el que determinadas conductas se ocultaban o se minimizaban, favorecidas por el peso social de la saga.
De este modo, la ficción plantea algo más que una sucesión de incidentes. Lo que se dibuja es un entorno en el que el poder influye en la manera de actuar y en la percepción de los propios límites morales. Cuando esa lógica se mantiene durante años, termina afectando no solo a las decisiones, sino también a la forma de interpretarlas.
Frente a ellos, se encuentran las víctimas y sus familias, que muestran con claridad los efectos que esas maniobras para evitar responsabilidades tienen en la vida de quienes no cuentan con los mismos privilegios.
Resulta significativo que, a lo largo de la serie, varios personajes muestran cierta evolución y toman conciencia de lo reprobable que ha sido el comportamiento de la familia. Alex Murdaugh, sin embargo, queda al margen de ese proceso. Su trayectoria no apunta hacia el reconocimiento, sino hacia el intento de sostener su posición hasta el final. En ese contraste, la serie encuentra uno de sus aspectos más reveladores y, en cierto modo, esperanzadores, más allá de lo trágico de los hechos.
A pesar de la calidad actoral, especialmente de sus protagonistas (Clarke-Arquette), la serie no siempre logra mantener el mismo equilibrio. En su intento por abarcar todos los elementos del caso, el relato tiende en algunos momentos a dispersarse, con líneas argumentales que no siempre se desarrollan con la misma profundidad. Esto afecta al ritmo y diluye parcialmente la fuerza de algunos conflictos, que habrían ganado peso con una mayor concentración narrativa.
Larissa I. López

Larissa I. López es licenciada en Comunicación Audiovisual por la Universidad de Sevilla, Máster en Artes de la Comunicación Corporativa y Doctora en Comunicación por la Universidad CEU San Pablo de Madrid. Su trayectoria profesional ha transcurrido entre el ámbito de la comunicación y el de la docencia. Ha colaborado en diversos medios especializados en cine. Actualmente es redactora en la edición española de la agencia de noticias zenit.