Crítica
Público recomendado: +16
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Un thriller policial francés que se adentra en las entrañas de la institución que se supone debe protegernos, para preguntarse quién vigila a quienes nos vigilan. Caso 137 (título original, Dossier 137) es lo nuevo de Dominik Moll, director franco-alemán con una sólida trayectoria ligada a los festivales de Cannes y Berlín, donde ha presentado títulos como Harry, un amigo que os quiere, El monje o Solo las bestias. Tras el éxito de La noche del 12, que se alzó con el César a la Mejor Película en 2023, Moll regresa al universo policial, esta vez desde dentro de la propia institución, firmando también el guión junto a su habitual colaborador Gilles Marchand.
La historia se inspira libremente en las violentas protestas de los Chalecos Amarillos que sacudieron Francia en diciembre de 2018, aunque la trama es ficticia. Stéphanie, una inspectora de Asuntos Internos, recibe el encargo de esclarecer qué ocurrió con un joven gravemente herido durante una jornada de disturbios en París. Lo que en principio parece un expediente más se complica cuando descubre un vínculo personal con la víctima, que despierta en ella recuerdos e interrogantes que no esperaba afrontar. Léa Drucker (Close, El cuadro robado) encabeza el reparto, acompañada de Yoann Blanc, Antonia Buresi y Solàn Machado-Graner, entre otros.
Moll opta por un estilo casi documental, seco y sin alardes formales, que privilegia la observación minuciosa por encima del golpe de efecto. El guión construye su intriga no a través de la acción, sino del desgaste progresivo de una mujer atrapada entre la lealtad institucional y la búsqueda de la verdad. Es un filme que cobra verdadera intensidad dramática cuando el conflicto se vuelve íntimo para la protagonista.
Caso 137 es una reflexión sobre la verdad y sobre el precio personal de perseguirla dentro de una persona que por supervivencia no lo hace. Stéphanie encarna esa tensión propiamente humana entre ser fiel a las creencias de una misma y servir a la justicia, entre la obediencia debida y la conciencia personal. La dignidad de cada persona, tanto la del joven herido como la de los agentes implicados, no puede subordinarse jamás a la conveniencia de ninguna institución.
Ahí reside también la limitación más señalada de la cinta: su mirada resulta parcial, pues apenas concede espacio al miedo y la presión que también padecen los agentes en medio de disturbios violentos, dejando la denuncia algo desequilibrada. Aun así, la película plantea con honestidad una pregunta que toda sociedad debe hacerse: qué ocurre cuando el sistema diseñado para impartir justicia se convierte en un fin en sí mismo, olvidando que existe para servir a las personas. Una llamada, en el fondo, a no dejar nunca que la institución sustituya a la conciencia.
Rocío Jacoboski