Crítica
Público recomendado: Todos
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Vivimos rodeados de pantallas, teléfonos móviles y dispositivos que prometen mantenernos conectados, pero que, paradójicamente, pueden alejarnos de quienes tenemos más cerca. Es una preocupación que también encontramos en Toy Story 5 (2026) o la serie The Madison (2026): la dificultad de establecer relaciones verdaderamente humanas en un mundo acelerado. Parece que nada termina de llenarnos el corazón. Vivimos con prisa, buscando algo nuevo, algo extraordinario que nos rescate de una existencia llena de pequeños acontecimientos a los que apenas prestamos atención.
De esta preocupación parte El árbol muy muy lejano (2026), una entrañable película familiar que, sin grandes pretensiones narrativas, se convierte en una hermosa defensa de la naturaleza, la vida rural y, sobre todo, de esa mirada inocente que los niños conservan ante las cosas. Basada en los relatos de Enid Blyton, especialmente El árbol lejano (1939) y El árbol mágico (1943), la historia sigue a un matrimonio y sus tres hijos que abandonan la ciudad para instalarse en el campo. Allí descubren un árbol extraordinario que les permite acceder a mundos fantásticos habitados por personajes sorprendentes y extravagantes. La película adopta así la forma de una fábula cercana al universo de Roald Dahl, autor de Charlie y la fábrica de chocolate (1964), donde lo imposible irrumpe en lo cotidiano para ayudarnos a comprender nuestra propia realidad.
Su director, Ben Gregor, comprende que una historia así necesita, antes que grandes explicaciones, una puesta en escena capaz de despertar la curiosidad. El contraste entre la vida familiar, con sus tensiones y preocupaciones, y los universos que se abren en el árbol constituye uno de sus principales recursos visuales. La fotografía de Zac Nicholson y el diseño de producción de Alexandra Walker crean escenarios llenos de color, texturas y personajes pintorescos. Gregor apuesta por el movimiento, el humor y el descubrimiento para aproximarnos a la experiencia infantil de explorar lo desconocido. Andrew Garfield y Claire Foy aportan humanidad al matrimonio protagonista, mientras que Rebecca Ferguson, Nicola Coughlan y Nonso Anozie enriquecen este universo fantástico. También destaca el guion de Simon Farnaby, que combina humor y una mirada afectuosa sobre la familia.
Con todos los ingredientes para convertirse en un gran éxito familiar, como Wonka (2023) o Paddington 2 (2017), la película no alcanza los resultados artísticos de aquellas. Quizá porque la sucesión de mundos fantásticos y situaciones cómicas no siempre responde a una construcción dramática sólida. Las aventuras se acumulan sin que los personajes experimenten una transformación proporcional, mientras algunos conflictos familiares encuentran soluciones demasiado fáciles. Incluso el silencio de la pequeña Fran, que podría profundizar en las dificultades de comunicación dentro de la familia, merecía mayor desarrollo. Sin embargo, esta ligereza también tiene su encanto: Gregor parece más interesado en recuperar el placer infantil de descubrir y sorprenderse que en construir grandes conflictos. Una elección que resta profundidad, pero aporta frescura, alegría y espontaneidad.
Pero quizá lo más interesante sea aquello que su fantasía nos permite descubrir. La magia no aparece como una invitación a la superstición ni como una negación de la realidad, sino como una posibilidad de ensanchar nuestra mirada. Hay algo profundamente humano en descubrir que la vida es más grande de lo que podemos medir, controlar o explicar. Antoine de Saint-Exupéry lo expresó admirablemente en El principito (1943): «Lo esencial es invisible a los ojos». También Aristóteles situó en el asombro el principio del conocimiento. Y desde una perspectiva espiritual podríamos añadir que una existencia incapaz de maravillarse difícilmente dejará espacio para el misterio y la trascendencia. Quizá el problema no sea que hayan desaparecido las cosas extraordinarias, sino que hemos perdido la capacidad de reconocerlas en las más sencillas: una conversación, un paseo por el campo, el juego compartido o el tiempo dedicado a quienes queremos.
En definitiva, El árbol muy muy lejano (2026) es una película familiar alegre, imaginativa y llena de vida, especialmente recomendable para niños y jóvenes, pero también para adultos que necesitemos recordar algo elemental: no siempre hay que viajar a mundos extraordinarios para descubrir la maravilla de estar vivos. A veces basta con levantar la mirada de una pantalla y prestar atención a lo que tenemos delante.
Carlos Aguilera Albesa
https://www.youtube.com/watch?v=zLCISSEt8dw