Cuatro paredes

Crítica

Público recomendado: +18

Sofía, de sólo 10 años, tiene un don especial como actriz. Sus juegos y su vida toda son como una representación continua: se disfraza, se maquilla y recita versos que se sabe de memoria, secundada por Juana, su madre, que participa con alegría y ternura en las fantasías de su hija. Asiste a un taller de teatro, donde están preparando la obra de Shakespeare El sueño de una noche de verano, y el sueño particular de Sofía es que Artu, el profesor, le adjudique el papel de Puck.  

Todas las ilusiones de Sofía y la armonía familiar saltan por los aires con el repentino fallecimiento del padre. Al dolor profundo por la muerte del marido, se une para Juana la necesidad de sacar la familia adelante. Está cargada de deudas por las obras realizadas en la pescadería que regentaba su marido y ella, que no conoce el oficio, no es capaz de llevar el negocio. La pobreza y la depresión van invadiendo el hogar y las relaciones madre e hija.

El título de la película, Cuatro paredes, tiene un sentido literal por cuanto el drama se desarrolla enteramente entre las cuatro paredes de la casa, pero también hace referencia a la escena de un teatro, en la que también tiene lugar un drama, con tres paredes que limitan y reducen el espacio, una al fondo, otras dos a cada lado y una cuarta, que es en realidad una apertura al público, a los compañeros de juego de imaginación cuando se representa una obra. La historia de Juana y Sofía, sobrecogedora y casi asfixiante, tiene un rayo de luz y de esperanza: de las cuatro paredes de su vida, que parece que van a ahogarlas, una se diluye en su amor mutuo, generoso y valiente y deja penetrar el aire limpio de una promesa luminosa.

El guion avanza con un ritmo contenido por el descenso de Juana y Sofía, con momentos de tanta ternura entre ellas, que hacen respirable al drama de los personajes y dan algún sosiego al espectador. En cierto sentido, la película nos recuerda el drama social Yo, Daniel Blake (Ken Loach, 2016), también de una madre que desciende a los infiernos con tal de sacar adelante a sus hijos. En ambos filmes, las escenas que hubieran podido ser escabrosas, están resueltas con una gran delicadeza y elegancia. En Cuatro paredes, sólo un plato de chorizo (alimento tan deseado por Sofía) y las dos copas de vino dan razón de lo que está sucediendo.

Ibon Cormenzana, productor y guionista, conocido como director por títulos recientes como El bus de la vida (2024) y La cima (2022), vuelve a contar con su mujer Manuela Vellés, que, una vez más, nos brinda una interpretación extraordinaria. De forma sobria, la actriz despliega un amplio repertorio de gestos y expresiones sin palabras para traslucir los momentos en que Juana toca fondo en el pozo oscuro de su herida y aquellos en que es capaz de recomponerse para seguir adelante cuidando de su hija. Vellés participa además en el guion, junto a Roger Danès, Alfred Pérez Fargas y el mismo Ibon Cormenzana.

Alejo Levis, responsable de la fotografía, hace un buen trabajo, transmitiendo la sensación de atmósfera agobiante de los interiores en los que se desarrolla la acción. La jovencísima Sofía Otero está impecable en el personaje homónimo de Sofía. Como siempre, están magníficos Roberto Álamo, como Artur, el profesor de teatro, y Elena Irureta y Ramón Barea, en sus papeles de abuelos. Lo único que puede achacárseles a los tres es que sus apariciones en pantalla son demasiado breves para lo que quisiera el espectador.

Mariángeles Almacellas

https://www.youtube.com/watch?v=Ektz5Cg0yKc

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