Franz Kafka

Crítica

Público recomendado: +16 

La filmografía de la realizadora polaca Agnieszka Holland está hecha de cal y arena; pertenecen a ella joyas inmortales como Europa Europa (1990) y productos indigestos como El rastro (Pokot, 2017), que no obstante se alzó con el Oso de Plata en la 67ª Berlinale, quién sabe por qué motivo. Entre medias se encuentra alguna obra agradable y de gusto del gran público y de la gran crítica, como su biopic libre en torno al gran Ludwig van —que diría Alex DeLarge— titulado Copying Beethoven (2006). A esta última categoría, también en lo relativo a su sustrato biográfico, se adscribe Franz Kafka, interesante reinterpretación de la vida de aquel genial literato checo que no escribió en checo ni una sola palabra de su obra de creación. Prefirió el alemán, asimismo lengua original de la película.

Quizás el mayor logro de Holland sea dejarse llevar, ceder al impulso creativo y liberarse de la férrea pretensión formal o ideológica que se percibe en no pocas de sus obras; justo ahí reside la grandeza del film que nos ocupa: en el hecho de que es, en muchos momentos, una cinta genuinamente kafkiana, donde lo evocador pesa más que lo lógico y lo simbólico más que lo narrativo. En este sentido, resultan particularmente estimulantes las secuencias metadiscursivas en las que la cineasta trata de exponer la cara oculta de la sensibilidad del escritor —véase, por ejemplo, el triple salto mortal con el que concluye la escena del burdel—, así como los fragmentos documentales que sugieren —o, sencillamente, exponen— cómo Kafka fue el gran profeta de un mundo enfermo, que es el nuestro; el escultor verbal del laberinto de la intrincada sociedad moderna; el pintor de la palabra que, a modo de autorretrato, compuso el fresco de las angustias del individuo contemporáneo. Así, el puente centenario que logra trazar Holland entre la realidad actual y la ficción exquisitamente ambientada en los últimos estertores del imperio Austrohúngaro se antoja como el gran acierto de una cinta hábil para entender y hacer entender el absurdo del mundo occidental.

Se deben destacar, al menos, otras dos atinadas decisiones de una película profundamente atractiva en su dimensión visual y casi más aún en la sonora. Destaca esta última tanto por el formidable diseño de sonido como por la música a cargo del matrimonio formado por Mary y Antoni Komasa-Łazarkiewicz —tal vez la mejor de las partituras originales que se escucharon en los filmes a concurso en la pasada Zinemaldia, donde el de Holland compitió por la Concha de Oro—. El esmero en el dominio de lo sonoro constituye, por tanto, la primera de esas dos notables elecciones que le aportan a Franz Kafka un brillo genuino. La otra reside en otorgarle a Ivan Weiss el papel protagonista; el conjunto funciona, en gran medida, gracias a la apariencia enclenque, pálida y frágil que irradia por cada poro el actor alemán; Kafka, en efecto, debió de ser alguien así. En el debe de la película, por otra parte, cabe señalar el miedo a la tijera que conduce al exceso de metraje, ese mal endémico del cine de autor los últimos años. Con veinte minutos menos, la cinta hubiera sido más. Se hubiera podido cortar, sin ir más lejos, toda la secuencia de la cruel máquina de escribir que Kafka describiera, para espanto de muchos, en su primera lectura pública: su mostración explícita contradice ostensiblemente la capacidad evocadora de la que hablábamos antes. Así y todo, es difícil que, tras el estreno de Franz Kafka, alguien ose a acercarse desde el cine al genio checo en las próximas décadas; Agnieszka Holland no ha rodado el film definitivo sobre él, pero el producto final se parece bastante a lo que aquel pudiera haber sido. 

Rubén de la Prida 

https://youtu.be/VTzsJRIxV1k?si=lIvU-lL7A3kyKoXq

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