Crítica
Público recomendado: +13 años.
![]()
Lo mejor y más importante que puede decirse sobre Incontrolable — I Swear en su acertadísimo título original,— es la enorme cantidad de amor con la que está hecha. Y eso exige paciencia y mucha honestidad, valores que hoy en día cotizan en máximos históricos. En tiempos donde las carteleras las pueblan en su mayoría superproducciones de gran rentabilidad y artificiosas obras de sello autoral, encontrarse con una película así es algo que merece celebrarse.
Kirk Jones, guionista y director de Incontrolable, empezó como tantos en su profesión dirigiendo anuncios de televisión, hasta que le llegó la oportunidad de escribir y dirigir Despertando a Ned, una maravillosa primera película que fue un éxito entre la crítica especializada y le dio a conocer en el mundo del cine. Más tarde dirigiría películas con un marcado carácter comercial como La niñera mágica o Todos están bien, en las que contando con guiones ajenos y actores de primera fila logró grandes números en taquilla. No lograría replicar el mismo éxito con sus dos últimas películas, Qué esperar cuando estás esperando y Mi gran boda griega 2, que siendo realmente flojas fueron ignoradas por el público.
Después de conmoverse viendo el documental John’s Not Mad, este director inglés en horas bajas decidió que tenía que contar la historia de John Davidson, un ciudadano escocés diagnosticado en su infancia con el síndrome de Tourette y que ahora dedica su vida a visibilizar el trastorno que la ha marcado. Incontrolable nace de la voluntad férrea de Kirk Jones que, después de conocerle personalmente, decidió hipotecar su casa y financiar él mismo la película para tener, por primera vez en mucho tiempo, control total sobre el proyecto.
La película es, en cierta manera, una obra de corte convencional, pero hay una fuerza en su honestidad y en el impecable trabajo de su actor protagonista que la convierten en algo singular. Jones construye el relato siguiendo los pasos clásicos del biopic de superación —la infancia idílica interrumpida, el diagnóstico incomprendido, el rechazo social, la redención adulta—, pero lo hace con una inteligencia emocional que evita que la película se convierta en un catálogo de adversidades. El tono de la película oscila con habilidad entre el drama y la comedia, sin que ninguno de los dos registros acabe por traicionar al otro.
El gran hallazgo, no obstante, es Robert Aramayo. El actor se preparó a fondo estudiando a personas con el síndrome, y se nota tanto en cómo encara la parte física como la emocional. Tiene que atravesar distintas etapas de la vida de su personaje y lo hace con coherencia, desde una juventud insegura hasta una edad adulta donde transmite calma, madurez y generosidad.
Incontrolable no es una película perfecta. Su convencionalismo narrativo puede frustrar a quienes buscan riesgo formal, y hay momentos en los que el sentimentalismo amenaza con ganar la partida. Pero Jones conoce sus límites y los trabaja desde dentro. Es un drama de superación y buenos sentimientos en el más convencional, ortodoxo e irresistible de los sentidos: cálida, sincera y con un actor descomunal.
Jaime Paricio