Jugar con fuego

Crítica

Público recomendado: +16

Jugar con fuego, de las directoras Delphine y Muriel Coulin, es una película que crece a medida que avanza, como una llama que parece vacilante al inicio, pero que finalmente consume todo a su paso. Cuánto dolor puede haber en el corazón de un padre al ver que el futuro de su hijo está arruinado, y además sin comprender los motivos que le mueven por dentro.

A primera vista, Jugar con fuego parece una película insípida, aséptica en cuanto al tono dramático. Su atmósfera es contenida, su puesta en escena, sobria. Sin embargo, esa frialdad acaba funcionando como espejo de la incomunicación que vertebra la historia. Lo cierto es que el film va ganando a medida que se acerca al desenlace; irremediablemente, el nudo dramático va adquiriendo fuerza, hasta desembocar en una emoción contenida y trágica a la vez que frustrada o disipada.

El 80% de la película es Vincent Lindon. Pierre, su personaje, es un padre viudo y exsindicalista que lucha por mantener a su familia unida mientras su hijo mayor, Fus, se radicaliza en la extrema derecha. A medida que el joven se adentra en un entorno de odio y violencia, el padre intenta reconducirlo y salvarlo. La historia muestra cómo el amor y los valores familiares chocan con una realidad que los desborda, con un contexto social que ha dejado de ofrecer respuestas.

Las hermanas Coulin, tras 17 chicas y La escala, continúan explorando la relación del individuo con el grupo, esa frontera difusa donde la identidad personal que se diluye en lo colectivo. Si bien la intención es valiosa y pone el foco en una de las mayores preocupaciones sociopolíticas de la Europa actual —el auge de los radicalismos de extrema derecha—, la película no termina de profundizar en las motivaciones ideológicas de Fus y pierde una gran oportunidad para aproximarse o empatizar con su causa. Ese vacío resta densidad dramática y deja al espectador suspendido, deseando comprender algo más de lo que ocurre en la mente de un joven atrapado por la furia.

El veterano y portentoso Lindon nos conmueve en su rol de padre impotente, rendido ante la incomprensión. Su interpretación es un ejercicio de vulnerabilidad y contención. Frente a él, el joven Benjamin Boisin (quien encarna a Fus) personifica la crispación y la deriva del hijo con una intensidad física que contrasta con la quietud del padre.

La fotografía, de tonos apagados y texturas frías, se ilumina en momentos puntuales con una potencia visual sorprendente. Destaca el juego de luz roja que funde la escena del hijo “celebrando” con sus compañeros con las explosiones de bengalas y petardos, hasta desembocar en el plano del padre caminando por la vía del tren, también envuelto en esa misma luz roja. Es una transición que se repite dos veces en la película y que condensa su esencia: la confusión entre la violencia y la pasión, entre el fervor ideológico y la pérdida.

Basada en la novela de Laurent Petitmangin, Jugar con fuego refleja con precisión la tensión íntima y social de una Francia fracturada, la manera en que este tipo de ideologías crecen en silencio, alimentadas por la soledad, la decepción y la falta de horizontes. El film no ofrece respuestas, pero deja una huella emocional y por desgracia, no plantea desde la claridad las preguntas, más bien oculta el planteamiento y evita las posibilidades de respuesta. Lo mejor, sin duda, es el acercamiento simbólico entre padre e hijo.

Rosa Die Alcolea

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