La primera escuela

Crítica

Público recomendado: +7

La primera escuela, noveno largometraje como director de Éric Besnard, es una película que a nivel específicamente cinematográfico no es destacable en ningún aspecto, pero que temáticamente merece ser analizada porque aborda una cuestión esencial: la relación entre el poder político (en este caso ejercido a partir de la forma moderna del estado-nación) y la educación, por lo que considero un deber centrarme en lo temático y no en lo formal.

La película cuenta la historia de Louise Violet (título original de la película y personaje ficticio interpretado por Alexandra Lamy), una maestra parisina que en 1889 -primer centenario de la Revolución- es enviada por la tercera República a un pueblo francés para fundar una escuela según los principios instaurados por las leyes de Jules Ferry (1881-2), al que, por cierto, no era difícil ver en la prensa de la época caricaturizado comiéndose sacerdotes y la “ley Goblet” (1886), que prohíbe a los religiosos impartir clases en centros públicos.

Estos principios son claros: escuela “gratuita” -esto es sufragada con fondos públicos-, obligatoria -de los 6 a los 13 años- y laica.

Los principios republicanos, pretendidamente unificadores en su supuesta universalidad, estatalistas y centralizadores, chocan con el ethos de la comunidad rural, que recibe a la maestra parisina con suspicacia y acritud.

La maestra recibe la ayuda de un analfabeto alcalde que, más que convencido de la utilidad social de la escuela, desea que Louise ocupe el lugar de la mujer que lo abandonó, hasta tal punto que soborna a los habitantes del municipio para que voten a favor de la escuela.

Pero Louise también tiene su trauma: perdió a su marido y a sus hijos en los episodios sangrientos de la Comuna de París y desde ese momento está prácticamente muerta. No ha encontrado otro camino para sentirse viva que devolver a la III República todo lo que ésta le ha dado (secularización de la gracia) viajando sola muy lejos, a una Francia desconocida e inhóspita (secularización de la misión) al servicio de la buena nueva de los principios ilustrados, esto es, racionalistas (secularización del Evangelio).

El desdibujado personaje del sacerdote no se enfrenta directamente a ella porque no es de “los sacerdotes que niegan la comunión a aquellos que apoyan las escuelas laicas”. Recordemos que en estos tiempos la labor secularizadora del estado francés estaba a pleno rendimiento, y no sólo en el aspecto educativo, sino en todos los ámbitos de la sociedad: cementerios, hospitales, eliminación de todo signo religioso en edificios públicos…). 

Éste fue el contexto de la famosa polémica “Ralliement”: ¿debían los católicos aceptar la república como régimen legítimo? León XIII intervino publicando la encíclica “Nobilissima gallorum gens”, en la que aparecía la táctica del “ralliement”, esto es, la aceptación de la república, distinguiendo como aclarará más tarde en su encíclica “Au milieu des solicitudes”, entre gobierno constituido y leyes injustas, que deben ser combatidas.

Sin duda, es una cuestión que Francia todavía no ha resuelto (con el agravante del problema Islam) y es que no debemos caer en la trampa, muy probable si vemos la película sin espíritu crítico, de considerar que la cuestión tiene que ver con educación sí o educación no (simplismo inaceptable), sino que es mucho más profunda: qué es educar. ¿Puede acaso el hombre realizar esta tarea esencial –y por cierto inevitable- adecuadamente al margen del que le ha creado y redimido, esto es, (re)educado?

Obviamente no.

Alejandro Matesanz

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