Crítica
Público recomendado: Todos
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Desde un tiempo a esta parte tanto Disney como otras productoras como DreamWorks han visto un filón muy rentable en la recreación en imagen real de sus clásicos de animación. Desde El Rey León (2019) a la polémica Blancanieves (2025), o a la interesante Cómo entrenar a tu dragón (Dreamworks) recientemente estrenada. Ahora es el momento de Lilo y Stitch, que nos cuenta la historia de una niña hawaiana solitaria pero especial, y un extraterrestre fugitivo y alocado, que la ayuda a recomponer su familia rota. Por cierto, tanto Cómo entrenar a tu dragón (2010) como Lilo y Stitch (2002), las originales de animación, están codirigidas por Chris Sanders y Dean DeBlois. Además, Sanders fue el director de Robot Salvaje (2024), nominada al Óscar a mejor película de animación.
Ya les adelanto que la película que nos ocupa es una gran historia familiar, moderna en el fondo pero clásica en una estructura llena de acción y divertimento. Eso sí, la reflexión que se ofrece bien puede ser vista como un ejemplo hermoso de familia que se reconstruye, o bien puede ser vista —si es que miramos con prejuicios— como una amenaza a un concepto tradicional de familia “perfecta”. No debería haber duda de que el centro de la historia, el verdadero punto rojo está en “el otro”, especialmente cuando ese “otro” es diferente, extraño, disruptivo o no encaja con los patrones esperados. Justo al lado de esta reflexión sobre el “otro” está su inserción y acogida en una comunidad donde pueda desarrollarse, o como se dice en la película, aprender a amar. Esa comunidad primera es la familia. Poderoso vínculo el familiar, que permite el florecimiento de la identidad personal y se presenta como antídoto contra la violencia y la agresividad. Y aunque no hay referencias cristianas sí que apunta a cierta dimensión espiritual.
Lilo y Stitch está adaptada a imagen real por el director Dean Fleischer-Camp, cuya película Marcel the Shell with Shoes On (2021) fue nominada al Óscar en 2023. Además, según cuenta su biografía, su madre era trabajadora social. Y es que el tema de la adopción y la acogida familiar es un asunto clave de la película, que aunque se trata en modo comedia, plantea grandes cuestiones siempre de actualidad. Aunque fiel al clásico animado, la película tarda en arrancar, aparte de algunas escenas algo histriónicas y exageradas, que encajan muy bien con el personaje de Stitch, quien evoca al Demonio de Tasmania (Looney Tunes), por su necesidad natural de destruirlo todo. Muy interesante cómo la inteligencia de Stitch, con una observación exquisita, es pieza fundamental para que elija quedarse y ser acogido como parte de la familia. Pues, siendo adoptado, tiene una tapadera estupenda que lo protege de quienes lo persiguen. Y una vez expuesto al afecto de Lilo y a la pertenencia a una familia, aflorará de su corazón esa exigencia profunda que nos define, más allá de cualquier tipo de etiqueta que se pretenda arrojar sobre el otro que es distinto de uno.
Hay algo común que ocurre en Cómo entrenar a tu dragón, y en Lilo y Stitch, que es muy interesante: el vínculo humano, ese afecto real y verdadero libre de pretensiones, es capaz de superar cualquier instinto alocado o violento; o dicho de otra manera cualquier atisbo de violencia en el fondo persigue una felicidad, aunque aún no se sepa nombrar. Les recuerdo que en el universo de Cómo entrenar a tu dragón, los dragones son el enemigo hasta que Hipo, el hijo del jefe vikingo, que porta un don especial, aprende a mirarlos y a tratarlos con ese afecto, con una mirada distinta, y donde ahora ya no son enemigos. De alguna forma Lilo es también capaz de tener una paciencia infinita con la locura desmedida de Stitch. Ambos vínculos y acercamientos — con el dragón Desdentao, de la especie Furia Nocturna, o con el alienígena Stitch — son un símbolo de nuestra relación personal con nuestro propio corazón. Quizás pensemos que somos solo emociones pero realmente el corazón humano (“el corazón bíblico”, entendido como el centro profundo de la persona) está forjado por una serie de exigencias elementales que deben ser descubiertas y miradas con una ternura especial. Es como un adolescente enfurecido que no sabe quién es. Lilo y Stitch nos recuerda que la primera paciencia es con nosotros mismos. ¿De qué sirve juzgar la experiencia del otro si yo no voy al fondo de mi experiencia del vivir?
En definitiva, una divertida adaptación a imagen real de Lilo y Stitch, en la que el drama familiar se entremezcla muy bien con la comedia y la ciencia ficción. Esta nueva versión respeta el original, aunque quizás peca de poco riesgo. El desenlace introduce cambios que refuerzan el lazo familiar, y la banda sonora, entre Elvis y lo actual, logra mantener el espíritu del clásico. Nota final a los adultos: es posible que una lágrima les sorprenda al ver esta película, siempre y cuando tengan el teléfono móvil apagado, y estén mínimamente atentos a que algo nuevo e inesperado suceda.
Carlos Aguilera Albesa