Los domingos

Crítica

Público recomendado: +16 

En su fundamental y programática Introducción al cristianismo (1968), el profesor Joseph Ratzinger advertía sobre el riesgo de deriva solipsista de una fe que no surgiese del encuentro genuino con Cristo y con el prójimo. Los peligros de la reducción del catolicismo a una ideología religiosa inhábil para el diálogo, esbozados por el futuro Papa en aquella obra, sustentan el retablo de penumbras que, con pinceladas finísimas, construye en Los domingos la cineasta Alauda Ruiz de Azúa.

Es inútil buscar en el tercer largometraje de la vizcaína —autora también de la excelente y tremenda serie Querer (2024)— el aire panfletario de la fallida Camino (Guillermo Fesser, 2008) o el refinado maniqueísmo de su remake alemán, Camino de la cruz (Kreuzweg, Dietrich Brüggenmann, 2014). Los domingos es una obra delicada, ambigua y profunda; una película a modo de iceberg en la que cada detalle de la puesta en escena, cada palabra, cada mirada, dejan entrever la compleja biografía de unos personajes antológicos, la historia agridulce de las relaciones entre ellos. No sorprende, por tanto, que sea precisamente este el film que está en boca de todos en el Festival, aquel sobre el que cada cual aspira a aportar su propia lectura.

El argumento se centra en Ainara (sobresaliente Blanca Soroa), una adolescente huérfana de madre e indiferente a su padre; la mayor de tres hermanas, que, movida por una honesta y audaz búsqueda de Dios, decide hacerse monja. La fragilidad afectiva de la joven convierte su alma en la bandera discutida de una dramática batalla entre dos posiciones encontradas, capitaneadas respectivamente por Maite (Patricia López Arnaiz), la tía atea que trata de persuadirla de que su fe en Dios es un cruel engaño, y la Madre Isabel (Nagore Aranburu), la superiora del convento de clausura en el que Ainara aspira a entrar y que es incapaz de ver la profunda angustia que subyace a la decisión de su inmadura postulante. El claroscuro en el que se mueve todo el metraje no impide que la directora tome parte en la contienda: la misma elección de estas actrices y de sus registros interpretativos constituye un buen botón de muestra del modo sutil en el que Ruiz de Azúa deja intuir el fondo ideológico de su film. La ambivalencia de la propuesta, sin embargo, amenaza con quebrarse en el clímax, en el que la autora misma parece estallar junto con Maite, y gritarle a Ainara y al público: «¡Que te han mentido desde el principio! ¡Que Dios no existe!». Ciertamente, la respuesta gélida de la chiquilla parece confirmar la tesis de su tía; sugiere en cualquier caso que Dios es el gran ausente de una cinta en la que todos hablan de Él, aunque se sospecha que, en el fondo, están hablando de otras cosas.   

A pesar de esta limitada apertura a la trascendencia en su acercamiento a la fe y a la Iglesia Católica, Los domingos constituye una película realmente valiosa, también en lo tocante a la finísima crítica que delinea en torno a determinados métodos pastorales de corte dudoso, cuando no directamente manipulativo. Su visionado puede suscitar no solo un fructífero debate, sino también un oportuno examen de conciencia sobre si en el propio entorno, como acaso en el de Ainara, no se habrá cumplido el inquietante pronóstico del joven Ratzinger.

Rubén de la Prida 

https://youtu.be/FujIiJzH7A0?si=QTNw1a8m2QPqbHsa

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