Crítica
Público recomendado: +16
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El cine es la memoria que viene a pasar factura. Y con San Simón, de Miguel Ángel Delgado, esa factura no llega en metálico sino en conciencia. Te sacude sin gritar, te incomoda sin pedir disculpas, te recuerda que mirar atrás también es una forma de mirar de frente.
Desde el primer plano, Delgado clava la cámara en una contradicción insoportable. Una isla bellísima convertida por el franquismo en campo de concentración entre 1936 y 1943. Belleza y brutalidad, la brújula moral y estética de toda la película. No hay discurso académico ni recreo visual, solo el choque entre lo que deslumbra y lo que duele.
Durante la Guerra Civil, San Simón fue uno de los muchos campos de detención repartidos por España. Pasaron por allí unos seis mil presos republicanos y antifascistas, al menos cuatrocientos sesenta y tres no salieron con vida. Delgado investigó cartas, diarios, silencios familiares, y filmó sobre un paisaje que respira historia y culpa. Se pregunta, y nos pregunta, qué queda de lo que no queremos ver.
La narración arranca en 1936 y avanza como una herida que no cierra. La llegada de los presos, las epidemias, los fusilamientos, la clausura del campo. En medio, una niña que juega sin entender el horror, imagen pura de inocencia ante lo incomprensible. Su mirada vale más que cualquier alegato.
San Simón mezcla ficción y documental con una naturalidad inquietante. No busca héroes ni villanos, solo presencias humanas atrapadas en la maquinaria del miedo. Su estructura es fragmentaria, casi rota, como la memoria que intenta reconstruir. No hay giros, no hay clímax, hay persistencia.
La cámara prefiere el silencio, el sonido del mar, el roce del viento. Nada se sobreexplica, nada se adorna. El paisaje se impone, hermoso e insoportable a la vez. Delgado entiende que lo bello puede ser la máscara más cruel. Y cuando filma esos árboles, esas aguas verdes, uno siente que el horror no se fue, solo cambió de forma.
Los intérpretes, conocidos o no, parecen gente real más que actores. Sus rostros anónimos son la cara del olvido. Cada gesto, cada mirada perdida, pesa más que un diálogo entero.
El film habla de memoria, de impunidad, del peso de lo no dicho. La isla se convierte en espejo de un país que aún no se ha perdonado. Delgado no ofrece redenciones fáciles, no cierra heridas con triunfos morales. Prefiere dejar la llaga abierta, porque en ella está la verdad.
Lo que más duele no es el pasado, es la continuidad del silencio. Esa sensación de que seguimos caminando sobre un terreno que no queremos excavar. San Simón no busca reconciliar, busca recordar. Y en esa decisión hay valentía.
No es una película cómoda. Tampoco quiere serlo. La contención, la ausencia de artificio, la calma del horror. Todo en ella apunta a una idea sencilla y devastadora: la memoria no necesita fuegos artificiales, necesita coraje.
San Simón tiene músculo moral y una forma que no traiciona su fondo. Es cine de los que piensan, pero también de los que sienten. Delgado no rueda para la lágrima, rueda para la conciencia.
Gabriel Sales
https://www.youtube.com/watch?v=3n2cdPHwuc0[/embedyt]