Mi querida ladrona

Crítica

Público recomendado: +12

Maria (Ariane Ascaride) trabaja como asistente domiciliaria para personas mayores. Su sueño es que su nieto Nicolas (Thorvald Sondergaard), especialmente dotado para la música, llegue a ser un gran pianista; por otra parte vive desazonada por las deudas de juego de Bruno (Gérard Meylan), su incorregible marido. Son como dos vectores que distorsionan el sentido ético de esa buena mujer, cariñosa y generosa, pero que se ve “obligada” por las circunstancias a sustraer pequeñas cantidades de dinero a las mismas personas a las que cuida con abnegación. Se trata de sumas en sí mismas insignificantes, pero que adquieren gravedad por ser hurtos realizados a personas vulnerables, aprovechándose de su confianza.

Como es habitual en el cine de Robert Guédiguian, comprometido cineasta francés de origen armenio, Mi querida ladrona es una fábula poética con un claro matiz político. El director sigue siendo un romántico comunista, aunque desengañado por la trayectoria del partido (recordemos a ese respecto su anterior película Que la fiesta continúe). Su marco de referencia, una vez más es Marsella, concretamente su viejo barrio de Le Estaque. 

Guédiguian mira con ternura a esas personas de una capa social invisible, que sin pertenecer a los miserables de la tierra, pues reciben una pensión y tienen un techo bajo el que cobijarse, son lo suficientemente pobres como para no tener acceso a los pequeños placeres cotidianos de la clase media —poder irse unos días de vacaciones o alquilar un piano y pagar unas clases de música para que un niño con facultades tenga una oportunidad y no se convierta en ese Mozart asesinado al que aludía Saint-Exupéry—. Hay, pues, en la historia de Maria, un fondo de denuncia social, elegante y sutil, pero no por ello menos punzante para el espectador, al que, además, le lanza al rostro otro asunto lacerante: ¿Podemos condenar un plato de ostras obtenidas fraudulentamente sin tener en cuenta el carácter simbólico que pueden tener para ese “pobre” que trabaja duro hasta dejarse el espinazo y que por un rato, sólo por un rato, va a gozar del privilegio de sentir que no es un excluido de la vida agradable? No hay “moralinas” en el cine de Guédiguian, pero al espectador le llega también el impacto de una injusticia y de una reivindicación. Y también le explota en pleno rostro.

El título original, La pie voleuse, ‘La urraca ladrona’, es el nombre de la tienda de instrumentos musicales donde se gesta el drama de la falsificación de un cheque para alquilar un piano, y se refiere también a Maria, que como una urraca, se lleva “al nido” pequeños objetos, unos eurillos, que roba aquí y allá. Pero es tan buena persona, tan entregada a los demás, que el espectador simpatiza y se solidariza con ella. 

Una vez más está presente el grupo de actores habituales, encabezados por Ariane Ascaride, extraordinaria como siempre; Gérard Meylan, Jean-Pierre Darroussin y Grégoire Leprince-Ringuet y otros más jóvenes que se están incorporando al equipo. 

Mi querida ladrona es una película luminosa, lejos de un melodrama social, llena de ternura, de bondad, de solidaridad, de fe en el hombre. El señor Robert Moreau (un Jean-Pierre Darroussin en estado de gracia), recita ante el cínico policía el poema ‘Les pauvres gens’, de Victor Hugo (recordemos que el poema se había hecho realidad en su película Las nieves del Kilimanjaro, con esos dos niños que Marie-Claire y Michel se llevaron a casa), condensa en sus palabras toda la actitud humana de amor, compromiso, solidaridad y fe en el hombre que rezuma la película. 

El espectador mantiene la sonrisa de ternura y los ojos húmedos a lo largo de las casi dos horas de proyección y al terminar, se queda rumiando para disfrutar en la memoria de la poesía de la historia y extraer todas sus lecciones de humanidad.  Y sale de la sala mejor persona. Una película imprescindible.

Mariángeles Almacellas

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