Mother Mary

Crítica

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Me contaba no hace mucho una gran mujer de vastos conocimientos literarios que los escritores se dividen fundamentalmente en dos categorías. Estarían, por un lado, los escritores brújula, de quienes ella ponía como ejemplo a Stephen King, y que se caracterizan por construir sus relatos de manera que conducen al lector en una dirección determinada, de la no puede escapar realmente. Frente a ellos —hablaba la culta dama, en este caso, del inmenso Tolkien— estarían los escritores brújula, es decir, esos que en sus historias delinean tan solo algunos hitos de una cartografía mucho más extensa, gigante, ignota para cualquiera menos para ellos mismos, y que el lector barrunta lentamente, un poco más con cada nueva lectura. Este segundo tipo de novelistas posee la capacidad de generar universos particulares, mitologías enteras. El autor de El señor de los anillos, por ejemplo, creó un idioma con grafía propia para su opus magnum. No quiere esto decir, sin embargo, que los escritores mapa no se apoyen en imaginarios ya existentes. Así, por ejemplo, ya había antes de Tolkien enanos, demonios y dragones, pero el profesor inglés supo resignificar esas y otras figuras en su matriz de la Tierra Media en modo tal que, después de él, jamás volverían a ser las mismas.

De manera análoga, tampoco David Lowery inventó los fantasmas en su magnífica A Ghost Story (2017), pero se sirvió de ellos y de su iconografía habitual —una sábana con dos agujeritos a modo de ojos— para reescribir la historia del mundo (¡!) y, de paso, las categorías habituales de la representación del tiempo fílmico, en un film que pasó inadvertido, a pesar de constituir uno de los desarrollos del lenguaje cinematográfico más sagaces de la pasada década. Casi diez años después de aquella proeza escondida, y tras tres películas algo menos excelentes, pero en cualquier caso impecables —The Old Man & the Gun (2018), El caballero verde (The Green Knight, 2021) y Peter Pan & Wendy (2023), adaptación en referente real del clásico de Disney—, Lowery vuelve crear ex novo todo un mundo. En esta ocasión, se trata de la completa existencia de la artista Mother Mary (Anne Hathaway), incluyendo sus canciones a medio camino entre Madonna y Florence and the Machine; su estética, que recombina elementos de Taylor Swift, la mencionada Madonna y las representaciones marianas del barroco, y la historia de su vida, de la que solo se aportan algunas pinceladas, fundamentalmente en torno a su relación sentimental con la diseñadora de moda Sam Anselm (inmensa Michaela Coel). 

Más importante aún que el inmenso ejercicio creativo de una historia que desborda por completo los límites de la narración, se antoja el paralelismo entre la renovación de las categorías temporales de la representación cinematográfica que el realizador de Milwaukee acometía en A Ghost Story y la reinterpretación del espacio cinemático que propone en Mother Mary. Quizás sea demasiado decir que el cineasta estadounidense abre a este respecto un camino completamente nuevo: el sorprendente episodio quinto de la serie Watchmen (Damon Lindelof, 2019) ya había explorado visualmente la idea de un emplazamiento que se abre a lugares lejanos y tiempos distintos, a través de un uso atípico tanto de la puesta en cuadro como de la puesta en escena. Pero se debe afirmar que Lowery desbroza aquí ese camino y lo recorre con paso firme, suscitando —de nuevo— la actualización de un lenguaje audiovisual que, por lo que se ve, admite aún novedad, impulso, nuevas y sugerentes direcciones más allá de la inercia que a menudo se le supone.

Quizás genere rechazo, particularmente en ciertos lectores de este medio, el uso que hace el cineasta norteamericano de ciertos elementos tomados de la teología y el imaginario católicos. Respetando a quienes puedan opinar de modo distinto, este cronista no vio sacrilegio ni ofensa, sino más bien un recordatorio de la potencia de una estética visual y de un bagaje conceptual a los que quizás, de puertas para adentro, nos hemos acostumbrado en tal manera que hemos dejado de verlos con sorpresa, con asombro, en su verdadera magnitud. El trabajo de Lowery recuerda a lo que Pauline Kael afirmaba a propósito de los cineastas de raigambre católica —Hitchcock, Coppola, Scorsese, De Palma, podríamos añadir a Kieslowski y a un buen puñado más—. Decía de ellos la mayor crítica de cine de todos los tiempos que poseían una fuerza particular, pues habían crecido inmersos en una cultura impregnada del peso simbólico de las imágenes. El film que nos ocupa nos muestra esas mismas imágenes de un modo nuevo; acaso irrite a alguno su descontextualización posmoderna, pero no deja de reconfortar percibir con ojos nuevos su fuerza arrolladora.

Por último, parece una grata coincidencia, que invita a la comparación, el solapamiento en cartelera las versiones de Anne Hathaway según Nolan —la actriz interpreta a Penélope en La odisea (The Odissey, 2026)— y según Lowery. Vean y juzguen ustedes mismos, pero se antoja indudable que, en manos del segundo, la veterana actriz afronta un reto interpretativo de un orden de magnitud superior que en la epopeya deslucida del primero. Lo cual no puede sino suscitar un ejercicio de reflexión sobre qué es lo que nos lleva a encumbrar a determinados directores, y qué tipo de cine privilegia esa elección.

Rubén de la Prida

https://youtu.be/d1iptxGvyq4?si=uu7IOeKnHOqs3q2P

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