Crítica
Público recomendado: +16
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De vez en cuando te vas encontrando piezas que te ofrecen una experiencia radicalmente distinta a lo que quizá pensabas ver. Uno equis dos es precisamente eso: diferente y radical en lo que propone, una especie de espejo deformado sobre lo que llevamos dentro, guste más o menos, pero que forma parte de nuestra condición. El tercer largo de Alberto Utrera aparece como un interesante thriller que, encorsetado en tiempo y espacio, despoja sin contemplaciones las caretas humanas sobre la amistad y la ambición.
Un fin de semana, una casa de campo, cinco personajes y un boleto de lotería que lo puede cambiar absolutamente todo. La sinopsis nos pone delante de Chino y Josu, amigos de la universidad que llevan muchos años soñando con que les toque la quiniela. Esta vez lo intentarán con el premio gordo, junto a sus parejas, Paula y Cris, y David, un compañero de trabajo recién divorciado. El punto aquí no está en saber quién se lleva el gato al agua, sino en observar cuánto se pierde entre envidia, codicia y sospechas.
Uno equis dos sabe jugar a la cámara claustrofóbica; no es una película de terror, pero debe reforzar la idea de encierro, más allá de estar en un mismo espacio todo el metraje. Por ello, la estética del filme prioriza una narración pegada a los protagonistas: lo que importa aquí es la expresión facial ante los momentos de inflexión dramática, o más bien trágica, los silencios dubitativos, generar esa atmósfera angustiosa. Igualmente, el montaje, cada vez más violento y próximo al estallido, nutre el tono de humor amargo, incómodo e intenso. Otro pilar es el reparto: Paco León y Raúl Tejón cambian de registro para darnos a dos hombres quebrados y frustrados; Stéphanie Magnin y Kimberley Tell matizan con sus personajes femeninos, que son también el corazón del conflicto; Adam Jezierski sería una especie de catalizador dado a la implosión.
Si aplicamos un filtro antropológico y de valores, no es difícil ver cómo el filme pone sobre la mesa el mal de la idolatría, ese dinero que alegoriza al becerro de oro, ese dios al que el mundo rinde culto. Hay una interesante parábola sobre la erosión moral por esa desbocada codicia humana, capaz de romper los lazos de amor y amistad. La cinta cuestiona si somos capaces de llegar a esos extremos, los límites de una justicia desprovista de caridad, y penetra en la esfera del vacío existencial tras la coraza de una supuesta felicidad. Todo lo violento de Uno equis dos está en la enfermedad física, psicológica y espiritual de unos personajes sumidos en la ambición desmedida. El ambiente es crudo, sutil y devastador, sobre todo alrededor de esos vínculos camino de la destrucción, de la tentación secundada. Es como una obra de corazón teatral que golpea duro, sin compasión; una tragicomedia de humor negro que replantea un ídolo que siempre estuvo, está y estará presente, listo para ser combatido.
Gabriel Sales
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