Crítica
Público recomendado: familiar

Hay que remontarse a 2005 cuando nos llegó Wallace & Gromit: La maldición de las verduras, el primer largometraje de Wallace y Gromit, basado en las aventuras de estos dos geniales personajes: inventor apasionado del queso y perro emprendedor e imaginativo, respectivamente. Si en aquel momento, con aquella tecnología, la película era estupenda, ahora con los avances tecnológicos, el nivel sube hasta cotas insospechadas, pero que nadie se engañe: la plastilina sigue ahí, fiel a su estilo.
Gromit está preocupado por la excesiva dependencia que está desarrollando Wallace hacia sus inventos; preocupación que demuestra estar del todo justificada cuando Wallace crea un gnomo «inteligente» que parece tener voluntad propia. Cuando se descubre que una figura vengativa del pasado podría estar detrás de todo, Gromit tendrá que luchar contra fuerzas siniestras para salvar a su dueño y evitar que Wallace pierda la capacidad de inventar para siempre.
En la dirección tenemos a Nick Park y Merlin Crossingham, y en el guion se suma Mark Burton. Entre los tres han pergeñado una historia tan divertida como alocada que permite que cualquiera pueda verla, da igual la edad, porque los pequeños lo van a gozar de lo lindo y los mayores van a ver un filme con excelentes mensajes y genialmente hecho. Si los padres, por la razón que sea, no pueden supervisar a sus hijos mientras ven una película, esta es de las que no hace falta que sufran ninguna preocupación ya que de principio a fin es perfecta para ellos.
Si el ávido lector lo piensa durante poco más de unos segundos se dará cuenta de que el tema central del filme está claro: la excesiva dependencia que puede alcanzar la sociedad de la tecnología, sobre todo ahora que el uso de pantallas está a la orden del día y la adicción a los dispositivos electrónicos es tan alta, muchas veces intentando delegar todas las funciones cuando algunas deberían estar hechas por personas. “La tecnología es la respuesta a todos los problemas”, dice Wallace, y no tardará en darse cuenta de lo muy equivocado que está.
Pero no solo eso, también se incide en la necesidad de investigar a fondo y de no fiarse de las apariencias, así como una pulla muy merecida hacia esos medios de comunicación que no tienen problemas en demonizar a quienes no les son gratos por cualquier cuestión, o bien exageran y llegan a mentir solo por buscar más audiencia y clics de forma fácil.
A todo esto, se añade, como no podía ser de otra forma en un filme como este, la importancia de cuidar la amistad, confiar en los demás y dejarse aconsejar, además de aprender a escuchar. En este sentido es maravilloso cómo algunos personajes lo dicen todo sin necesidad de decir nada, solo con gestos, al más puro estilo Chaplin: “Don’t tell me, show me” que se dice en cine, pero llevado al límite.
Y al servicio de una historia tan buena y positiva tenemos la guinda del pastel: la animación. Realmente uno se da cuenta de que es una herramienta y no un fin cuando ve que tanto Pixar como Aardman (el estudio detrás de la que nos ocupa), con medios muy distintos (los del flexo son expertos en animación por ordenador y los de Wallace y Gromit solo lo usan para los momentos en los que la plastilina no llega), logran una animación de altísima calidad y que los personajes sean adorables siendo tan distintos. En este sentido se sabe mezclar muy bien la animación fotograma a fotograma y el recurso a algunos efectos especiales hechos con ordenador, pero siempre conservando la base de hace tantos años y demostrando que lo que funcionó sigue funcionando y que lo importante es siempre el guion.
Para redondear la jugada, en español podemos escuchar voces tan profesionales y de larguísimo recorrido como Juan Fernández (voz habitual de Eddie Murphy) o Antonio Lara (habitual de Billy Cristal).
Wallace y Gromit: La venganza se sirve con plumas es una apuesta fabulosa para todos los públicos y además con la duración perfecta, no le sobra ni le falta un minuto en su acción tan perfectamente medida, jamás aburre ni aturulla. Ojalá llegue a las salas de cine para que toda la familia pueda disfrutarla en pantalla grande, donde se merece estar. Y ojalá más películas así y que la siguiente no tarde otros 20 años en llegar.
Miguel Soria