El y Ella 

Crítica 

Público recomendado: +16 

El y Ella arranca como un thriller criminal ambientado en una pequeña localidad de Georgia que promete ser abordado desde múltiples puntos de vista. Sin embargo, pronto deja claro que el crimen es solo el detonante de asuntos más complejos. 

La historia comienza cuando Anna Andrews (Tessa Thompson), periodista retirada de su profesión durante un año y de su vida, regresa a su pueblo natal tras el asesinato de una antigua compañera de instituto. Ese regreso la obliga a enfrentarse no solo al pasado compartido con la víctima, sino también a Jack Harper (Jon Bernthal), detective encargado del caso y marido del que vive separada.

Entre ambos pesa una herida que la serie va revelando progresivamente: la muerte traumática de su hija, un hecho que quebró su matrimonio y que justifica su disfuncional forma de actuar. Anna y Jack no solo investigan un crimen, conviven con un duelo no resuelto que los ha llevado a refugiarse en versiones opuestas de la realidad. Ella se protege a través del control y la distancia emocional; él, desde la rutina, la autoridad y el silencio, que a menudo se confunde con dureza.

La narración alterna los puntos de vista de ambos protagonistas, construyendo el relato a partir de miradas parciales, recuerdos incompletos y verdades a medias, mientras nuevos asesinatos se van produciendo. También hay continuos flashbacks hacia los años de adolescencia de Anna y el grupo de chicas con las que se juntaba en el instituto.

La investigación del asesinato se entrelaza así con una exploración de la memoria, donde el pasado y los secretos irrumpen constantemente en el presente. El entorno refuerza la sensación de encierro moral: en este pueblo nada se olvida ni pasa desapercibido.

Alrededor de Anna y Jack interactúan otros personajes que aportan capas al relato, desde Alice (Crystal Fox), madre de Anna, con signos de demencia; hasta Priya (Sunita Mani), joven detective que observa los hechos con menos carga emocional que los protagonistas o las compañeras de Anna. Todos ellos contribuyen a un clima donde la verdad parece siempre encontrarse un poco más allá de lo evidente.

Aunque la serie arranca con una clara voluntad de complejidad, el desarrollo opta progresivamente por una estructura más sencilla. El relato avanza apoyado en giros frecuentes que sostienen el suspense, aunque algunos resultan algo forzados. Los conflictos humanos de mayor peso —el acoso escolar, la culpa, la ruptura matrimonial o el duelo por la pérdida de un hijo— quedan apuntados, pero no reciben el espacio necesario para desplegarse plenamente.

El desenlace introduce el giro de contenido definitivo, más moral que espectacular, que obliga a reconsiderar lo que se ha visto hasta entonces. La revelación final no busca tanto sorprender como mostrar el coste de sostener una mentira —o una verdad a medias— para poder seguir adelante. El cierre subraya que resolver un caso no equivale necesariamente a cerrar una herida y que algunas verdades llegan demasiado tarde y tienen consecuencias demoledoras.

Larissa I. López

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