Mobland

Crítica

Público recomendado: +18

¡Tenemos nueva serie sobre la mafia británica! Donde la lealtad es una moneda que cambia de valor en cada traición. Mobland aterriza en la plataforma SkyShowtime con el reto de reinventar un género sobreexplotado. Para ello, cuenta con la mente pensante de Ronan Bennett (Top Boy) y la producción ejecutiva de Guy Ritchie (Snatch), quien además dirige los dos primeros episodios de la temporada. Para poner el lazo a la presentación, el producto cuenta con un tridente interpretativo de escándalo: Helen Mirren, Pierce Brosnan y Tom Hardy.

La premisa nos sitúa en una batalla de miradas, silencios y pólvora en un Londres actual, con dos familias criminales disputándose el control del negocio de armas y drogas. Será Harry Da Souza quien impartirá la justicia de los Harrigan con un juego de sombras letal, pragmático y peligroso. Ya desde el primer momento, gracias a un crimen notorio, la serie aumenta la escala de violencia entre grupos, alimentando una guerra que se cuece a fuego lento.

A pesar de no llegar a las cotas de su esplendoroso pasado, Mobland sí refleja el inconfundible sello autoral de Ritchie, se construye con agilidad en el montaje, diálogos de colmillo y una puesta en escena de realismo sucio. Como era de esperar, la cámara baila con nervio para subrayar el temperamento implícito al submundo criminal londinense, que la fotografía se encarga de acentuar. Es decir, sofisticada, tensa y manchada de sangre: tres realidades que impregnan el guion de Bennett, aunque se frena con una contención en ocasiones impostada y unos secundarios algo desdibujados en comparación con el trío protagonista.

En esta línea, el apartado visual respeta los cánones de sustancialidad, impacto y características del género, generando en el espectador una atmósfera reconocible, pero a veces excesiva en el dramatismo, lo que resta credibilidad a los sucesos. Toda la violencia explícita tiene un alto sentido narrativo, más que nada por evidenciar la banalidad del mal impartido por los líderes del crimen organizado. Sin embargo, sí destacan ciertas escenas más expositivas en la brutalidad de lo que quizá era necesario.

Mobland retrata en forma y fondo la caída del poder, a través de realidades como la familia, los lazos de sangre y la herencia. En vez de hogar, hay bandos enfrentados por dominar; no existe la redención, sino el ánimo de condena. La lealtad no se viste de virtud, lleva el mono de la supervivencia del más fuerte o inteligente. Si nos fijamos en el personaje encarnado por Tom Hardy, lleva consigo una mochila llena de relaciones tóxicas, de sometimiento y manos manchadas de sangre; nos habla del hombre moderno que busca realización en un mundo indigno porque negocia con la muerte.

Evidentemente, no estamos ante una serie hecha para todos los públicos, no por la explicitud de las escenas —que también—, sino por el tratamiento nihilista y desesperanzado de las cuestiones trascendentales. Más que edificar, priva de plenitud a quien la ve; tiñe de oscuridad un camino ajeno a la gracia o el perdón.

Lo que no se puede negar a Mobland es su ejercicio formal, siempre sólido, elegante y directo, teniendo en Hardy su mayor atractivo. No reinventa el género, pero brilla en la ejecución de los códigos clásicos.

Gabriel Sales

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